lunes, 22 de abril de 2019

No hay nada que hacer, nunca


No había habido nada que hacer.
Nunca a lo había habido.
Aparecieron las maquinas un sábado por la mañana.
Aquellos mazacotes de hierro entrando por la calle hasta plantarse enfrente del edificio.
Un sábado, cuando los pocos que trabajan tienen fiesta.
Con su sola presencia todo en la calle quedó paralizado. Como prólogo del espectáculo.
Se había dicho.
-No vendrá él, enviaran a otro.
Alguien había contestado,
-Vendrá si se lo mandan, es su trabajo.
Y ahora las maquinas estaban en posición de descanso, pero los conductores no osaban moverse de su sitio.
Apareció un coche de la empresa. Fue frenando poco a poco, maniobrando entre las grandes maquinas hasta situarse entre ellas y los vecinos.
Desde el asiento del acompañante del conductor él los estaba mirando.
-Qué grande se le ve ahí sentado- dijo alguien y se oyó alguna risa sofocada.
Se contorsionaba buscando algo en la guantera, en la parte de atrás, le dijo algo al conductor y al final tuvo que salir.
No les saludó, no les hizo caso. De espaldas a todos, como siempre había estado.
Como me pusisteis, habría dicho él.
Se dirigió hacia las tres maquinas y por turnos fue hablando con los tres conductores. Después habló con el encargado del grupo de a pie. Ni una vez los miró.
Ahora se le veía igual de pequeño que siempre.
Aquellos días en que había estado hablando con ellos se veía que había gastado todas las palabras que tenía que decirles.
A penas los saludó la primera vez. Solo, ¿Lo recordáis? Y los planes de realojamiento en los edificios aledaños, que también eran propiedad de la empresa. Temporalmente, dijo, pero ya sabéis cómo funciona esto. No lo sabían pero no preguntaron. Vivían en un mar constantemente en deshielo y ellos se limitaban a saltar de una masa de hielo a otra, con poca esperanza de pisar tierra alguna vez.
Y poco más.
Nadie se le acercó para hablar de los viejos tiempos que él por su parte habría querido olvidar. Ni una palabra. Ni preguntar por los padres.
Nadie salió del bar que tantas veces había pisado su padre, nadie de la panadería en la que tantos años había trabajado su madre.
¿Y de su hermana? Con sus tetas tan llamativas y la vida escandalosa que llevó, que llevaba. Nada de nada.
Levantó la mano e indicó que empezaran los trabajos de demolición.
La bola comenzó a balancearse, cogiendo vuelo, preparándose para el golpe fatal. Hasta las nubes se habían detenido.
Sabían quién era, claro que lo sabían. Pero lo callaban, lo hacían a posta. Dejaban que les arrebatasen sus casas, que los llevasen de allá para acá, que apareciese él y nadie se acercara buscando un poco de conversación, compasión, por los viejos tiempos, un poco de tiempo más. Estaba en sus manos hacerlo. No había podido decírselo pero estaba en sus manos. Incluso posponerlo para siempre. Llevarse los recursos a otros barrios.
Pero nadie había dado señales. Ni los rostros que creía ocultaban rasgos familiares y cercanos.
¿Tanto había cambiado él?
Hombre, crecido, no mucho.
Al tercer golpe la bola se hizo con el edificio y cada ida y venida dejaba un brochazo de cielo azul libre y una masa de cascotes y humo a sus pies. Se retiró un poco y ya sólo estuvo a unos centímetros de los que como él observaban la ruina que poco a poco se iba dibujando.
El camión con la bola acabó y maniobró para abandonar la escena y dejar paso a la pala y a los camiones.
Tuvo que retroceder un poco más y un poco más hasta que ya tocaba la superficie de la masa, con un vecino a cada lado, y después un poco más y ya eran vecinos a todo su alrededor, engulléndolo, tragándolo y sin embargo sintiendo que nunca, nunca había estado tan cerca de ellos, abandonado y a la vez acogido.
Lo aceptó, lo aceptó y no gritó.
El operario de la bola se volvió, lo buscó con la mirada y al no verlo se encogió de hombros.
Se iría. Su trabajo estaba acabado.