martes, 20 de enero de 2015

La feliz circunstancia




Gracias a la advertencia de Ortega y Gasset, sabemos
que en nuestro amigo las circunstancias se impusieron al yo.



Podía haber sido la protagonista de este cuento una “amiga”,
 lo que lo hubiera hecho más real,
 pero ha sido un amigo,
lo que lo ha hecho más auténtico.



No fue extraño el caso, pues de casos extraños está lleno el matrimonio y alrededores, y si no, sólo hay que pensar en aquella noticia de una pareja que estuvo unida durante ochenta años y juraban y juraban que seguían siendo felices. Costaba creerlo pero si lo juraban.
No fue extraño y tampoco acabó en matrimonio, pero sí fue pintoresco por la confluencia de hechos que impidieron que nuestro amigo…..pero mejor lo cuento.
Era amigo mío, después ya no lo fue. Ya que yo no tuve su misma suerte y me casé. A partir de ahí, de que se casa, siempre un hombre se capa. Y no estoy hablando de los genitales, hablo de algo mucho más importante que de alguna manera te convierte en un eunuco de la vida.
Pues este amigo mío un día decidió que había llegado el momento de sentar cabeza. Que, bien mirada, no deja de ser una expresión muy acertada, ya que es muy cierto que en muchas ocasiones ese “sentar cabeza” viene a indicar que el sujeto que así se expresa por alguna razón, a partir de ese momento en vez de sentarse con el culo, lo hará con la cabeza. Lo que nos lleva al inevitable resultado de que a la hora de razonar lo hará con el culo.
Ese “sentar cabeza” de mi amigo, que ya anticipo que era muy ansioso, significaba que se disponía a elegir a una mujer de nuestro entorno para contraer matrimonio.
A todos nos pareció una noticia de irrelevancia total. Algo así como estar disfrutando, a la orilla del mar, de un horizonte azul y calmo en las costas  tailandesas momentos antes del tsunami.
Lo siguiente que supimos, dos semanas después, es que había llevado a cabo un proceso de selección hasta quedarse con dos candidatas, una rubia y una morena. Después desapareció.
No es que desapareciese de desaparecer, si no que desapareció de no estar pero estando.
No participaba en las conversaciones, no aportaba ideas de qué hacer en las dos horas siguientes, que venía a ser nuestra principal preocupación, y lo que nos tenía más intrigados: Llevaba una libreta a todos lados que consultaba a cada momento y en la que hacía anotaciones.
Al final nos lo explico: Había hecho en ella dos columnas. En cada una de ellas, las características de sus dos candidatas, los pros y los contras, lo que le llevaba a contemplar los aspectos y la perspectiva de vida matrimonial que se abría con cada una de ellas. En fin, intentaba decidir con cuál de las dos estaría más a gusto.
Un día anunció,
-Me voy a construir una casa para cuando me case.
Dedujimos que ya había elegido, pero no. Aún andaba con las columnas.
Nos acercamos a ver cómo andaba su futuro nido. Era por la tarde, ya agotados los bares y bien dispuestos para enfrentar cualquier posibilidad de imitación, pues desde que había decidido casarse, a nuestro amigo lo veíamos, no feliz, pero sí muy interesado.
Después de una vuelta por las habitaciones, salas, cuartos de baño y cocina nos dimos cuenta de que nuestro amigo había traspasado las columnas de la libreta a la casa.
Alguien comentó,
-Es una sensación mía, debido a lo que nos hemos metido para el cuerpo, o mientras que las ventanas de la planta baja son enormes, las de la planta primera son enanas.
No lo era. Coincidimos en que así sucedía.
-Igual quiere reproducir una vieja costumbre de favorecer la perspectiva de la casa de esta manera. Parecerá más alta- se opinó.
Cuando salimos al jardín y vimos la mitad con cemento y la otra, con un primoroso césped, nuestras mentes comenzaron a elucubrar.
Cuando entramos en la habitación que iba a ser de matrimonio y vimos un vestidor y dos armarios empotrados, se trataba de sumar dos y dos. O mejor uno y dos, que por ahora a nuestro amigo el daban tres, cuando tenían que ser dos.
Una voz apostilló,
-Estoy un poco mareado.
Ya se sabe lo egoísta y criatura que somos los hombres, así que cuando nos dijo que no sabía con cuál quedarse, de manera que iba avanzando con la casa y según con quien se quedase haría una pequeña reforma y listo, nosotros no fuimos de esos amigos entrometidos que se ofrecen para ayudar en la elección, no, nosotros fuimos simplemente amigos que valorábamos la amistad y le dijimos,
-¿Tú estás seguro de que quieres casarte?
La respuesta nos la dio tres semanas más tarde. Había acabado la casa y nos invitaba a ver el partido Barça- Real Madrid.
Se había comprado una televisión de ciento cincuenta pulgadas y un “home cinema” de quince altavoces que había repartido por el salón. Además nada de tresillo y mesa de centro, cuatro butacas con un aspecto imponente y a cada lado de ellas una mesita con su cenicero y su posavasos.
-¿Y esto a cuál de las dos le gusta?- le interpelamos.
Nuestro amigo contestó,
-Esto no le gusta a ninguna. Me gusta a mí.
Yo soy un sentimental sensiblero, así que me aproxime a él y le di un abrazo muy sincero. Se me humedecieron los ojos. Hubo aplausos y vítores.
Así de esta manera tan particular nuestro amigo se quedó soltero.
Los demás no tuvimos tanta suerte y de vez en cuando nos vemos y nos saludamos, atribulados y un si es no es esperanzados. No sé en qué, pero esperanzados.
Tenemos hijos y esposas. A veces vemos a nuestro amigo, solitario por las barras de los bares, o paseando solo, camino de su casa, y nos da pena.
Pero sólo a veces.

lunes, 5 de enero de 2015

El amor reafirma





A Robert Walser,
Que escribió y escribió,
Cómo los demás respiramos y respiramos.


Era una tienda, ni grande ni pequeña, donde se vendía de casi todo. Por allí pasaba la mayor parte del vecindario, tanto hombres como mujeres, o más o menos.
Los comerciales, se decía que sentían por aquel colmado una predilección inexplicable, intensa, pero que no se podía definir. Recorrían cada día, o casi cada día, entre cincuenta y setenta establecimientos pero era en aquella tienda donde se sentían diferentes. Ni un comercial ni un cliente.
Y a decir verdad, o una aproximación de la verdad, el que tras el mostrador estuvieran los dos, marido y mujer, y sobre todo que no se supiera quién de los dos mandaba, era inquietante.
Se oía muchas veces,
-¿Qué desea?
-Pues no lo sé, quería unos garbanzos pero ahora ya…….
Y al final se llevaba un par de calcetines.
Todo era impreciso. Bueno, todo no, casi todo.
En el pueblo era de las tiendas más conocidas. No se puede decir o especificar qué tipo de fama arrastraba pero eso sí, era sobresaliente.
No había hijos, o sí. En realidad no era un hijo pero se comportaba como tal. Era un sobrino que tampoco era hijo de su hermana, de él o de ella, no lo sé. Porque era adoptado.
Entraba y salía mientras sus tíos vendían o compraban, como si fuera su casa.
Ya fuera un día soleado o un día nublado, lloviese o soplase el viento, alrededor del colmado siempre o casi siempre las cosas iban así. Hasta que un día entro un capitán del ejército. Se sabía que era un capitán porque lo llevaba escrito en el alzacuello. Capitán.
Entro decidido, tanto, que los presentes se quedaron no mudos, no hablando como quien no ha visto nada, si no murmurando tan bajo que casi parecían pensamientos lo que decían.
-Quiero una docena de alcayatas- exclamó, después de dar los buenos días.
No sé si el propietario o la propietaria se quedaron sorprendidos o estupefactos.
Pero, claro, qué vas a hacer. Si alguien te pide alcayatas pues se las das.
Estaba en trámite el pedido cuando entro ella y a continuación de su hola pidió un carrete de hilo rojo y una docena de tuercas.
No se sabía quién era. El que no estaba buscando las alcayatas la atendió un si es no es convencido de que su tienda era su tienda.
Aquel día debía ser laborable porque el establecimiento estaba lleno, aunque a decir verdad también abría algunos días de fiesta. Lo cierto es que entre ellos no se dirigieron la palabra y se mantuvieron atentos a su pedido.
Los otros clientes, que no habían mostrado en ningún momento prisa ni intención de decir lo que deseaban permanecían indecisos. Habían olvidado lo que querían pero no encontraban el valor para marcharse.
El capitán pago sus alcayatas y se fue. Ella le dijo adiós mientras el resto de los presentes no sabía qué fórmula sería la adecuada, en ese momento, para despedirlo.
Y estaban en ese pensamiento cuando ella hizo su pago y se fue con su carrete y sus tuercas. Algunos le dijeron adiós y otros, hasta luego.
Después, al cabo de unos minutos, no sé, unos cuantos, se les volvía a ver enzarzados en sus cosas y habían olvidado a la pareja.
No sé si esto ocurrió cuando estaban a punto de cerrar, ya al final de la jornada, o era de mañana, recién abiertos. Sé que no había ningún comercial para explicarlo. Bueno, sí lo había, pero hacía fiesta. Por lo que sus facultades eran otras.
Paso el tiempo de la forma que suele pasar. Una veces lento y otras a toda velocidad. La tienda siguió su devenir sin una clara muestra de una vocación irrenunciable, mientras los que entraban y salían pues hacían eso, entrar y salir.
Un día llegó la noticia, no se sabe quién la trajo, si fue un comercial, se oyó en la radio, o se leyó en los diarios, lo cierto es que llegó la buena nueva de una boda. Precisamente la boda de aquel capitán con aquella que vino a comprar hilo y unas tuercas. Una boda que a todos pareció de lo más normal y esperado.
Como si hubieran nacido el uno para la otra o viceversa.