miércoles, 9 de diciembre de 2020

Disturbio



Eran costumbres similares a las de la Tierra pero más

civilizadas en el sentido de que resultaban menos hipócritas.


“Muniekita planka, planka como el alma ke tu tiene,

cuando miro tu poca, parece ke kuntito bajo al sielo”

Jorge Onetti

Gracias por recordarme que hay otros caminos.




Fui a la boda por curiosidad. Hacía tres meses que éramos vecinos. Habíamos hablado algo y habíamos coincidido en algunas cosas y yo notaba que me tenían en cuenta. A mí tampoco se me hacía pesada su presencia. Nos pasa eso que dicen caerse simpáticos. Pasa a veces.
Además su mujer contemplaba mi soltería con evidente satisfacción. Eso me intrigaba pero no me producía significativa inquietud. Porque, ¿Qué hay de una situación excesivamente plana?
-Vente a la boda, te gustará. Así nos conoces.
Como era la boda de su hermana pensé que ese “nos conoces” se refería a su familia. Después me di cuenta de que tenía dos familias, la consanguínea y la otra.
-Ve como te apetezca. Eso sí, limpio, aseado. Y regalos, como tú veas.
Allá que fui.
Se celebraba en un lugar cerrado. Una especie de parque, desconectado de todo establecimiento festivo y de copas, que debía pertenecer  a algún establecimiento céntrico que para celebrar estos eventos necesitaba un espacio que no había encontrado en la ciudad.
Entre solo, mostrando una invitación que ella me trajo.
Cuando entré en el recinto, dos pensamientos vinieron a mi mente al contemplar a los invitados.
No era una boda usual y seguro que los dos, mis vecinos, estaban observándome desde algún lugar estratégico.
Había invitados vestidos como habitualmente se viste uno par este tipo de ceremonias y luego había otros invitados que llevaban sobre si una especie de gasa transparente y debajo de ella estaban completamente desnudos. Me pregunté si los invitados pertrechados de esa forma serían los más cercanos a los novios, familia y amigos íntimos. No sólo llevaban la transparencia si no que pude observar que a la menor oportunidad mostraban descaradamente sus genitales.
Por ejemplo, una mujer a la que se la había caido algo al suelo, al agacharse para recogerlo no tuvo empacho en hacerlo abriendo las piernas y doblándose ostentosamente, de manera que si estabas situado a su espalda podías contemplar perfectamente la raja de su vulva y no contenta con tal exposición, se aparto los glúteos con las manos, dejando al aire el agujero de su ano. Estuvo así unos tres segundos, después recogió el objeto y siguió su camino.
Nade parecía mostrar extrañeza ni sorpresa ante tamaño comportamiento. A mí me pareció divertido y sorprendente. Más, teniendo en cuenta que la señora pasaba de los sesenta. Aunque podía verse en ella restos de una carnalidad en su tiempo apetitosa y que aún mantenía cierta voracidad.
Pude ver a un hombre que aproximaba tanto su pene al rostro de una mujer que estaba sentada que hubiera sido de lo más consecuente que esta iniciará una mamada, sin embargo no fue así. Alzo una mano y lo empujo con gesto de desagrado, como cuando se aproxima alguien en el metro y es apartado con gesto de incomodidad.
A mí estas situaciones tan locas en vez de desconcertarme me estimulan y estaba dando gracias al destino por poder contemplar algo así cuando caí en la cuenta de que mis vecinos debían estar por algún lado. Enseguida los vi. No me miraban pero eso no significaba que no lo hubieran estado haciendo. Si no, ¿A qué invitarme?
Fui hasta ellos observando que también llevaban transparencias.
Pensé que tenía que decir algo,
-Muy original. ¿A qué se debe?
-Eso que importa- me dijo él
-¿Hay un cura?- pregunté.
-¿Cura? Hay muchas curas en este mundo. Lo importante es conocerlas y saber aplicarlas.
No debía hacer preguntas directas. ¿Se trataba de eso?
-No veo ninguna erección-dije, y la miré a ella que lucía unos espléndidos y turgentes senos.
-La gente no come desesperadamente y no anda buscando comida desesperadamente. Tiene sus horas de comer y con el estomago lleno se dedican a hacer su vida sin apropiarse de todo alimento que ven. Lo tienen cuando quieren.
En una bancada que haba delante de nosotros, a unos metros, había cuatro jóvenes sentados. Dos chicas y dos chicos. Se habían subido las transparencias y con los pies sobre la bancada mostraban con las piernas abiertas sus genitales. Hablaban animadamente y no parecía que en ninguna de sus actitudes pudiese influir la situación. El momento sumamente erótico no parecía alterarles.
-¿Quienes son?¿Los padrinos?
-Amigos de los novios.
Mire la capilla que nos esperaba y que no se diferenciaba gran cosa de las habituales en el rito cristiano. Eso sí, no se veían signos de tal creencia por ningún lado.
Tenía la sensación de que sobre el juego que habíamos iniciado se podía superponer otro entretenimiento.
-¿Y el novio y la novia?
-No aparecen hasta que no empiece la ceremonia.
-Un lugar espléndido- dije
No me contestaron, estaban contemplando a los invitados.
-Si tenéis que atender a alguien por mí no lo dejéis de hacer. Estoy muy a gusto. Gracias por invitarme, no me suelen gustar las bodas pero he de admitir que esta tiene su aquel.
En ese momentos se aproximó una mujer ya entrada en años ataviada con la consabida transparencia.
-Mira- dijo él mirando a la recién llegada- te presento al vecino de la casa de la playa.
Y luego mirándome a mí,
-Mi madre.
La señora atrapó la mano que yo le tenia a modo de saludo, la apretó y se la llevó a su seno derecho, contra el cual la apretó aún más.
-Cuánto celebro conocerlo. Mi hijo y mi nuera están encantados con usted. Sus extravagancias les tienen muy intrigados. Que si siempre anda usted solo, que si siempre lleva un libro en la mano, que si se puede pasar horas con unos prismáticos mirando el vuelo de las nubes y los pájaros…¿de verdad mira las nubes?… que si se pasea mucho mirando el horizonte con unos auriculares puestos, que si pasa horas mirando el mar sentado en un banco, que ama la soledad y huye de la gente. Le envidian mucho, su libertad….
No sé qué más dijo, demostraba poder estar horas hablando, capacitada dentro de sus transparencias para ocultarse hasta lo indecible, ¿qué trataría de ocultar? Ya no la escuchaba, sólo la oía a modo de esfinge, cuando vimos que nos llamaban para empezar la ceremonia. Hacia allí nos encaminamos, yo intrigado por ver a los novios y al oficiante.

domingo, 11 de octubre de 2020

Después de la pandemia

 Cuando Ignacio y Lola se encontraron, se llamaron la atención. Hacía un mes que había sido declarado el fin de la pandemia y que por tanto se habían levantado las restricciones ya de por si bastantes relajadas y que durante muchos años habían constreñido la vida del país.
Después de cien mil muertos y más de diez millones de contagiados, se creía que en realidad el contagio llegaba a más de las tres cuartas partes de la población, y tres gobiernos que se habían sucedido hasta acabar en un gobierno de concentración, amén de una precariedad vital que aquejaba a más de la mitad de la población, se habían puesto de acuerdo todas las fuerzas políticas, económicas y sociales para declarar controlada la epidemia. Ya los contagiados que llegaban a los hospitales eran menos que los accidentados por el trafico de vehículos, que los enfermos de cáncer de pulmón y por algunas otras causas como el maltrato de genero, que había terminando por convertirse en una guerra abierta entre los sexos, pues había casi tantos fallecidos de sexo femenino como masculino, al final las mujeres habían decidió pasar a la acción, o los suicidios. Además por fin el dinero ofrecido por la Comunidad Europea en el 2020 empezaba a llegar ahora, primavera del 2026.
Y una de las primeras señales de que ese momento había llegado fue que las mascarillas desparecieron como por ensalmo. La gente estaba ansiosa por respirar a pleno pulmón, aunque fuese haciendo espeleología en el metro o abriendo paso en el interior de una sala de baile.
Por eso Ignacio y Lola se llamaron la atención.
Los dos seguían con mascarilla.
Al principio fue Lola la que se sintió atraída por aquel chico que aún lleva mascarilla, él ni se percató, ahora se entenderá el porqué, más que por la mascarilla en si, por el hecho de que tenía las gafas completamente empañadas.Vamos, que no veía nada próximo con nitidez y nada en la lejanía. Se estaba tomando una cerveza con caña. Tal era su empeño.
-Te puedes quitar la mascarilla- le dijo ella.
Ignacio se quedó mirándola,
-Ya, y tú también.
Claro, tenía razón, pensó Lola. Pero es que ella estaba muy a gusto con las mascarilla. Cuando se la quitaba se sentía desnuda. Un día le dijo a su madre,
-Ahora entiendo a las musulmanas, que aún pudiendo quitarse el velo, siguen con él.
-A ti lo que te pasa-le dijo una tarde una amiga- es que padeces el síndrome de la braga.
Y se lo explicó.
-En la selva los indigenas van en pelotas y en las playas podemos enseñar casi todo, pero en nuestra cotidianidad sólo estamos a gusto vestidos. Es cuestión de adecuarse mentalmente al momento. De armonizarse con nuestro sentir interior y tú te has acomodado tanto a la mascarilla que quitártela será como si te quitaras las bragas. Te sientes desnuda.
Hizo una pausa.
-Tendrías que ir al psiquiatra- concluyó.
Lo miró en internet y resultaba que al psiquiatra iban los que se sentían mal con las cosas que le pasaban en o por la cabeza o que se lo hacían pasar mal a los demás también por culpa de las cosas de la cabeza y lo cierto es que ella no se encontraba mal con la mascarilla. Se sentía mal cuando se la quitaba.
-No puedo ir enseñando todo mi rostro por ahí sin un motivo. Si tengo que comer aún, pero así como así ir con la cara al aire… me siento fatal.
Y decidió seguir con ella. Estaba no sólo a gusto sino que se encontraba más suelta, más segura de si misma. Esa sensación de cepillarse los dientes para que estuviesen limpios y no para que su sonrisa luciese blanca y pura. Su sonrisa la veía quien ella quería.
-Ya, pero vas como si estuvieses detrás de un burladero- le dijo otra amiga que se extrañó.
-Claro, por supuesto- admitió y se quedó tan pancha.
-¿Y por qué no te la quitas? No ves nada con las gafas empañadas.
-Falso. No veo nada con precisión- argumentó él.
-¿Y eso te gusta?- preguntó ella.
-Tiene su aquel- contestó él.
Como vio que ella no decía nada, continuó,
-Al principio, hace unos meses, me la iba quitando.
Hizo una pausa, como buscando el pensamiento concreto,
-Echaba de menos la imprecisión, lo que veía perdía interés, había perdido el suspense. Todo era concreto, preciso. Un rostro visto perfectamente me arrastraba irremisiblemente a una claudicación. Eran los rasgos que eran, no había otra posibilidad. Y así con todo, los edificios, las calles, los parques. La vida nítida no me gustaba tanto como la vida empañada. Y como no me puedo empañar las gafas, continuo con la mascarilla.
-Pero en algún momento te la quitas- dijo ella.
-Como tú- dijo él- Es como cuando tengo que bajarme los pantalones para cagar. Lo hago lo justo.
-Te entiendo perfectamente. Me llamo Lola.
-Y yo Ignacio.
Se dieron un apretón de manos. Ella pensando con voluptuosidad en el momento en que él la vería sin la mascarilla tras quitarse las gafas y él apretó su suave mano, imaginando tras la bruma de los cristales cómo sería ver su dulce rostro, su franca sonrisa cuando sin las gafas empañadas pudiera verla sin la mascarilla.

viernes, 3 de julio de 2020

Realidades tangenciales




Comenzó a desgañitarse dentro del vagón,
-¿Por qué todos ustedes en vez de estar escribiendo en sus libretas no dicen lo que están escribiendo?
No hubo ninguna reacción reseñable. Hubo miradas de curiosidad, de sorpresa. Miradas ovinas.
Alguna voz se podía haber alzado, recriminando aquella interpelación, argumentando intromisión, poniendo por delante el derecho a la intimidad. Pero no.
-Seguramente estarán escribiendo tonterías, o cosas interesantísimas, que posiblemente nadie leerá- ahora hablaba más tranquilamente pero aún airado. Miró a su alrededor- ¿Qué sentido tiene?¿O quizás esperan que una vez muertos algún familiar descubra sus manuscritos y los haga célebres, los lea mucha gente?¿Y qué? Nunca sabrán lo que pensaban aquellos compañeros de viaje de aquel vagón en el que un loco les dijo que dejasen de escribir y contasen de viva voz lo que escribían.
-Sí se puede- volvió a mirar en su entorno- En la mayoría de los casos se puede. Fíjense en la diferencia. Depositar nuestros pensamientos en otro lecho caliente, acogedor o no, pero caliente, en vez de en esos bonitos cuadernos de viaje.
-Ya sé que es más cómodo, ya sé que nadie los juzga. Ya sé que pueden parar cuando quieran. Pero ¿Y el frio? Esas frases, esos garabatos, ¿Cómo se pueden comparar con el aliento que sale arrastrando palabras que llegan a oídos y tras pasar por el cerebro se alojan en el corazón y como recibo de esa entrega las miradas, las sonrisas, las contestaciones, todo el cúmulo de respuestas?- hizo otra pausa- Como las que ahora recibo.
Es verdad, se veía alguna sonrisa, algún cabeceo, alguien se recolocaba en su asiento. Lo cierto es que nadie escribía.
-Perdone, señor, debe sentarse- le dijo un guardia de seguridad.
-Me habla, me está hablando ¿Por qué no me lo escribe?¿No tiene usted un bonito cuaderno?
Ahora el tono era otra vez ensordecedor, más que desgañitarse parecía querer aullar.
El guardia se asustó y la cosa se complicó
En la próxima estación fue obligado a bajar entre gritos, improperios y forcejeos. Antes de bajar gritó,
-Ahora cuando me vaya escríbanlo pero no se lo digan. No merece la pena. Coincidirán en todo. Después sí, hablen, hablen, no tiren más tinta.
Se restableció la normalidad. Y ya no sé qué pudo pasar en el vagón pero seguramente, quiero pensar, se estableció alguna conversación.
Hasta aquí muchos habrán estado leyendo y diciendo para si,
-¿Pero cómo escribiendo?, si casi nadie escribe. Si hubiera escrito que estaba todo el mundo con sus auriculares puestos…
Pausa. Larga pausa.
¿Cuánto habría que haber gritado entonces para hacerse oír?

miércoles, 6 de mayo de 2020

Escribimes y escribiretes VII


La mina en que vivimos

Y el capitalismo es su propietario.
Una mina es un lugar donde está depositada una materia prima, primigenia, que previo procesamiento da lugar a un producto, o productos, que el hombre utiliza para su aprovechamiento.
Cuando la materia se agota, la mina queda abandonada y el paisaje destruido. Son los restos de un banquete.
La sociedad humana es una mina.
Exactamente no sé si la materia prima es el hombre o de si la materia prima es diversa y el hombre es la herramienta.
Lo que sí parece claro es que el capitalismo es el propietario que implacablemente la va agotando.
¿Y los desechos?

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Principio de Arquímides

Cuando nací, lo que desalojé no sé dónde fue a parar. Y cuando iba creciendo lo que iba camino de la sentina…
El hueco que deje…

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 Prostitución: El juego del amor

Si se quiere tener un poco de amor, mora lo da y Roma lo paga. Si se lleva un ramo, mejor. Lo dice Omar.
Puede encontrarse la Horma de su zapato, pero no importa porque la h es muda.


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Y esos artículos de opinión de los periódicos, encabezados por el título del artículo, la foto y el nombre del articulista. Que pueden hablar de Napoleón, El Dr. Fleming, Goya, el Papa o hasta de Dios, pero que no tiene ninguna foto del personaje.

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Por qué se utiliza más la expresión “la urgencia del deseo” que “las ganas de follar”, a pesar de que esta es más clara, concreta y no lleva a engaño ni malos entendidos. ¿Nos gusta lo impreciso? Un misterio.

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Si lo cuentas ya está estrenado.
Desenvuelto y usado, pierde su universo de posibilidades y ya sólo es una cosa más.
Ha perdido la brillantez, la pureza de aquello que tiene todo su potencial intacto.
Pero vivir es eso. Perder toda otra posibilidad.


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-Nunca he tenido que usar en mis escritos otro idioma que aquel en el que escribo y nunca he necesitado utilizar la palabra “pathos”. ¿Tengo que preocuparme, doctor?
-No lo sé, yo soy especialista en el aparato digestivo.
-¡Ah, sí! Perdone.Yo venía precisamente porque últimamente estoy notando después de comer…

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Es sábado por la tarde. De regreso a casa me cruzo con un joven, cabellera rizada, revuelta, barba abandonada, aspecto de inseguro, de desvalido. Va empujando un carrito con un bebé dentro.
¿Qué pensar?
Se puede pensar: Un pringadillo, la metió donde no debía y ahora paga las consecuencias. Las pagará durante muchos años.
O también: Mira, un padre responsable, su compañera debe estar trabajando y él ha salido con su niño para que le dé el aire. Es un niño con suerte por tener un padre tan responsable.
Se pueden tener estos dos pensamientos o cien más, pero lo importante es lo que él piense, lo que él sienta, cómo él se vea. Porque es lo que le impulsa a actuar y lo que hará que su pareja y su niño sean afortunados o desgraciados.
¿Qué más da lo que piense yo o cualquier otro?




domingo, 27 de octubre de 2019

Escribimes y escribiretes VI



Se le dice a un niño: Aprende a hacer algo bien, cuando lo sepas ya podrás volver a hacerlo mal.
Con los prejuicios pasa lo mismo. Puesto que no podemos vivir sin ellos, aprendamos a prescindir de ellos. Cuando sepamos cómo hacerlo, entonces podremos volver a vivir con ellos. Pero ya con la conciencia de nuestro defecto.

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“…el sonido musical no lleva el lastre de la carga semántica y, en consecuencia, está abierto a mil distintas interpretaciones…”, dice Salvador Pániker para probar que la literatura no puede competir con la música.
Posiblemente. Pero, ¿No hay carga semántica en la música o lo que sucede es que no sabemos concretarla?
Estaríamos diciendo que el texto literario pertenece a un estadio menos desarrollado, más primitivo, que el texto musical. Que eso que nos emociona, que despierta mil sensaciones en nosotros, y que no podemos explicar no es porque no haya semántica, si no que todavía somos muy poco capaces de explicar lo que se intenta expresar con la música. Somos todavía muy toscos para este arte.
Aunque quizá también es posible que la literatura se haya quedado anquilosada y también ella puede en un futuro caminar hacia un aligeramiento de su semántica.

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Me dijo,
-Es una regla muy básica, si la cumples seguro que serás un hombre justo, ecuánime, digno: “No le hagas a los demás lo que no quieres que los demás te hagan a ti”
Yo comenté,
-Es una buena norma. Piensas en hacer algo y si no lo ves claro, piensas entonces cómo te sentirías si alguien te lo hiciera.
Él añadió,
-Y sobre todo es una buena regla porque si alguna vez le haces algo indebido a alguien, injusto, indigno y luego resulta que eso mismo te lo hacen a ti, reaccionaras en consecuencia apropiadamente y lo acataras como no puede ser de otra manera.
A eso se le llama consecuencia.

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Quizás si el corazón se hubiera encargado de pensar y el cerebro de sentir nos hubiera ido mejor. No habríamos inventado la rueda, ni descubierto el fuego, ni internet pero nos hubiéramos librado de ser tramposos, vanidosos y algunos defectillos más que arrastramos desde que dejamos de arrastrarnos y nos pusimos de pie. Total, ¿pa qué?

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Si valoras la Justicia por encima de todo y pretendes que en cada acto protagonizado o participado por ti ésta esté en su plenitud, serás siempre una persona con hándicap, desventaja.
En pocos sucesos la Justicia brilla en todo su esplendor. La mayoría de las veces se aprecia su contorno, pues debido a neblinas varias, éste queda difuminado. En otras ni tan siquiera se la puede ver.
La Justicia es uno de esos conceptos que indican una dirección sin que por eso llegues nunca a destino. Sólo te sitúan: Estás en la periferia de lo correcto. Tú verás.
La Justicia, su afán, como el orden y la perfección paralizan. La vida es el resultado de la suma de infinitas variables y sigue su propio camino.

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A estas alturas de mi vida no tengo muy claro si es mejor desconfiar de alguien y actuar en consecuencia o confiar y sentirse decepcionado.
En el primer caso sucede que por desconfiar se pierden muchas oportunidades y en el segundo caso lo más que te pasa es que alguien te ha decepcionado.
Y eso no es tan tremendo, porque ¿A cuántas personas puedes haber decepcionado tú?

viernes, 18 de octubre de 2019

Aforismos XLVI



Dios aprieta todas las veces, menos una… en la que ahoga.

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Cagar, defecar: Ropa de diario, ropa de domingo. Jiñar, tirar de los pantalones: Ropa de trabajo, literatura.

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Emborracharse es drogarse con alcohol, enamorarse es drogarse con sexo.

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Lo peor no es “no tener arreglo”, pues todos de una forma u otra estamos desarreglados. Lo peor es aparcarse hasta estar arreglado.

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A veces, los seres humanos, cuando no tenemos nada que hacer o algo por lo que preocuparnos, nos ponemos un dolor en alguna parte y así nos entretenemos.

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El primer lugar en el que uno tiene que estar a gusto es en si. Y luego… 

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Siempre he estado un poco perdido en la vida, pero no me ha dado cuidado. Así he podido ver rincones insospechados.

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Las personas que citan a otras personas tienen mucha memoria pero poco que decir.

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Si consigues ser desgraciado en un paraíso, habrás aprendido a soportar cualquier infierno.

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El escenario, además de escenario es necesario.

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MESTIZAJE 
Una manzana más otra manzana, suman dos manzanas.
Una manzana más una pera, suman más fruta.

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Cuando te mueres, ¿Puede pasar menos?

viernes, 16 de agosto de 2019

El bicho




Estoy tumbado boca abajo, sobre la arena de la playa. El lecho de granos finísimos acoge las formas de mi cuerpo y la calidez que el sol le ha insuflado invade mi piel. Estoy a gusto.
Enfrente de mí, tres adolescentes retozan. Dos chicos y una chica. Ellos son completamente anodinos, miradas vacías, gestos y miradas de niños. Ella tiene un cuerpo de infarto, en topless y con una braguita mínima. Dibujan una escena surrealista.
Me desentiendo, a mi pesar, de un mundo ya pretérito, que carece de interés en su totalidad.
A escasos centímetros de mi cara un bicho de color carne, con forma de grillo y tamaño de hormiga se encamina hacia mí. Con el dedo corazón le doy un golpecito y sale rodando. Se queda boca arriba y quieto como un muerto. No ha sido para tanto. Seguro que finge. Le hurgo con cuidado y efectivamente está vivo. Pero no puede darse la vuelta, está atrapado en las estrecheces de sus aptitudes. Voy acercándole pequeños montoncitos de arena hasta que con la pendiente adecuada consigue ponerse bien. Endereza la cabeza e inicia otra vez el camino  hacia mí.
Amontono arena en su camino y éste cada vez se le hace más arduo. Llega un momento que la cuesta arriba es tan pronunciada que decide rodear el obstáculo. Salvada la montañita, yo creo otra para él. Y así varias veces. Tras continuados e infructuosos intentos, confundido, no sabe qué hacer.
O sí, pero se toma un descanso.
Lo tengo tan cerca de mí que juego a enfocarlo y desenfocarlo. En el desenfoque me encuentro con el cuerpo de la adolescente. A su lado la escoltan los dos adolescentes que a mi modo de ver adoptan una actitud irracional. Ella se mueve hasta ponerse a cuatro patas. Los senos le cuelgan erectos y las nalgas dibujan un paisaje que convierte a sus acompañantes en osos polares transitando por el desierto o en camellos dando saltos de isletas de hielo en isletas de hielo. Al fin ella encuentra su posición. Boca arriba y con las piernas abiertas. El bicho desenfocado parece haber tomado una decisión y desde su pixelación llama mi atención. Lo enfoco.
Lo tengo tan pegado a mí que puedo percibir que me está mirando. La presencia de la adolescente me hace pensar si será un bicho macho o un bicho hembra. Su actitud no lo delata. Tanto puede ser un reto como una invitación.
Yo, por si acaso, permanezco con el dedo alerta, enterrado. La puntita contra la arena. Hace un amago de avanzar y yo crispo el dedo. Estoy listo.
Pero no. Al final opta por dar la vuelta. Claramente se ha rendido. Se aleja de mí. Veo su espalda al alejarse. No camina derrotado. Lo hace diligentemente, como un héroe derrotado pero satisfecho que vuelve a casa.
Me pregunto si los suyos creerán las aventuras por las que ha pasado.
Inclino la cabeza sobre los brazos y me dispongo a dormitar, preguntándome si es mejor una victoria con todas sus responsabilidades o una derrota con toda su liberación.
No lo sé y ya en la confusión del sueño cercano me veo haciéndome el muerto, aparentando que disfruto cuando en realidad estoy descansando.