lunes, 29 de julio de 2019

Aforismos XLV



El sexo es traza, el cariño es huella.

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Llega un momento en que te das cuenta de que la vida es como el juego de la Oca, de muerto en muerto y vivo porque me toca.

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Nuestros ojos se parecen mucho a ventanas. La diferencia está en que no siempre podemos retirar toda la ropa que tenemos tendida.

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Cuando escalamos una montaña no perdemos de vista la cima, perdiéndonos los lugares por los que vamos pasando. De la misma manera en la vida por no perder de vista a los que consideramos superiores, no disfrutamos lo que somos.

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Cuando debido a una creencia se sigue un camino y llega un momento en que para seguir hay que echar mano de la Fe, lo más conveniente es plantarse en ese punto o volver para atrás.

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Deberíamos poner la vida en su justo valor. No valorarla tanto que acabe por no ser importante y sí valorarla un poco menos para que resulte valiosa.

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Si te aplicas con la palabra “abierta” no cuesta mucho llegar a la palabra “libertad”.

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El revolucionario dice: “Vamos de derrota en derrota hasta la victoria final”. En la vida pasa: “Vamos de victoria en victoria hasta la derrota final”. Por eso las revoluciones, todas, dejan tan mal sabor de boca.

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La expectativa es a la ausencia, lo que la resignación a la presencia.

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Es cuanto menos chocante que aquellos que se desgañitan defendiendo la bandera, la patria y el himno de un país, empleen la mayor parte de su tiempo, inteligencia y esfuerzo en hacerse ricos y conseguir poder.

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La vida, o es vida o es negocio. Las dos cosas juntas pueden estar pero no ser.

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En el  análisis siempre se pierde algo. Por ejemplo: El amor es cariño más sexo.

viernes, 19 de julio de 2019

Escribimes y escribiretes V

 

Escribimes y escribiretes V


Hasta ahora la ciencia-ficción pasaba en el futuro. A medida que el futuro se va haciendo presente, la ciencia-ficción se va quedando en el pasado. De hecho ya empieza  a ser ciencia-ficción que los países tengan algún río sin contaminar. Y más un coche tirado por caballos que Mad Max.
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Lo peor de los invasores, los conquistadores, los desbastadores, los asoladores no ha sido el dolor, el sufrimiento y la muerte que trajeron consigo, fue la huella que dejaron. Y si no, mírate.

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Nos salvo del hambre el saquito de alubias que guardábamos para cuando jugábamos al bingo. Después llegaron los socorros, todo mejoró y llegó un momento que comíamos todos los días. Algunas veces hasta manjares. Pero al bingo no volvimos a jugar nunca.

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ELOGIO DE LA MASTURBACIÓN EN LA BIBLIA

“Por la mañana siembra tu semilla;
y por la tarde no des reposo
a tu mano,
porque tú no sabes lo que es mejor,
si esto o aquello, o si ambas cosas
son igualmente buenas”
Eclesiastés 11,6


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Me acuerdo en el 68, cuando los franceses querían cambiar el mundo y en USA se montaba el movimiento hippy, que yo con once años me dedicaba a hacer el pavo real, en Trespaderne, con el fin de enamorar a una niña que se llamaba Gloria. Nunca fui más sabio e independiente. Después me convencieron y subí al escenario. Y es hoy que no he podido bajar.

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Estaba escuchando la novena sinfonía, no voy a decir de quién, en el salón de mi casa y me entraron ganas de cagar. Lo hice al son de tan famosa composición musical. Después llegó el momento de limpiarme el culo. Coincidió con el momento álgido de la sinfonía.
Hasta ahí todo bien.
Me acomodé los calzoncillos y el pantalón. Fui a tirar de la cadena.
Pero por ahí no pasé. Esperaría hasta que acabase la música.

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Cuando te ves afectado por un hecho luctuoso, doloroso, y tú consigues salir adelante, volver a disfrutar de la vida, sucede que lo que consigues es que el hecho pierda poder, intensidad, capacidad de afectar.
Todos los que te contemplan, no valoran tu capacidad de sobreponerte al suceso, si no que degradan éste, camino de la anécdota. O quizás, como mucho piensen que eres un insensible. Como última opción valoraran tu capacidad.
Toda la existencia es una masa gelatinosa de forma indefinida, por la que nunca caminas, te restriegas, intentando que la cabeza no desaparezca, sumergida, y que los brazos no queden atrapados para seguirte restregando.

martes, 9 de julio de 2019

Aforismos XLIV





Enseñanzas del cangrejo:
Si el cangrejo fuese contra su naturaleza de ir para atrás no necesitaría darse la vuelta.


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Edad madura. Esa edad en que cuando a uno le hablan de despegar pregunta en qué condiciones habrá que aterrizar.

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El cinismo y la envidia se vuelcan sobre la realidad.  El uno como un león y la otra como una hiena, si la realidad fuera una cebra.

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19,95 está más cerca de 20 que de 19, sin embargo 19 está ahí. Pasa con muchas cosas en la vida.

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Como la trepanación craneal es arriesgada, se ha impuesto la trepidación cerebral.

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¿Es usted puntual?
Sí, no me gusta que me hagan esperar.

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Lo que tiene dos caras es superficial, si tiene tres volumétrico. A partir de ahí estamos las personas. Y un poco más allá los seres humanos.

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Todo pasa. Lo bueno y lo malo. Habrá algún día en que algo no pase. Eso será lo peor.

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A las hormigas les jode mucho que la cigarra trabaje cantando.

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Cuando hablamos con un semejante, casi siempre estamos más pendientes de la reflexión que de la refracción.

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El ignorante siempre está más cerca de la felicidad que el filósofo.
Entonces, ¿para qué iniciar el camino?
La vana esperanza.
¿Esperanza de qué?
La vana esperanza. Es todo.

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En la vida, hay mucha gravedad en eso de no tener en cuenta las inercias.

lunes, 22 de abril de 2019

No hay nada que hacer, nunca


No había habido nada que hacer.
Nunca a lo había habido.
Aparecieron las maquinas un sábado por la mañana.
Aquellos mazacotes de hierro entrando por la calle hasta plantarse enfrente del edificio.
Un sábado, cuando los pocos que trabajan tienen fiesta.
Con su sola presencia todo en la calle quedó paralizado. Como prólogo del espectáculo.
Se había dicho.
-No vendrá él, enviaran a otro.
Alguien había contestado,
-Vendrá si se lo mandan, es su trabajo.
Y ahora las maquinas estaban en posición de descanso, pero los conductores no osaban moverse de su sitio.
Apareció un coche de la empresa. Fue frenando poco a poco, maniobrando entre las grandes maquinas hasta situarse entre ellas y los vecinos.
Desde el asiento del acompañante del conductor él los estaba mirando.
-Qué grande se le ve ahí sentado- dijo alguien y se oyó alguna risa sofocada.
Se contorsionaba buscando algo en la guantera, en la parte de atrás, le dijo algo al conductor y al final tuvo que salir.
No les saludó, no les hizo caso. De espaldas a todos, como siempre había estado.
Como me pusisteis, habría dicho él.
Se dirigió hacia las tres maquinas y por turnos fue hablando con los tres conductores. Después habló con el encargado del grupo de a pie. Ni una vez los miró.
Ahora se le veía igual de pequeño que siempre.
Aquellos días en que había estado hablando con ellos se veía que había gastado todas las palabras que tenía que decirles.
A penas los saludó la primera vez. Solo, ¿Lo recordáis? Y los planes de realojamiento en los edificios aledaños, que también eran propiedad de la empresa. Temporalmente, dijo, pero ya sabéis cómo funciona esto. No lo sabían pero no preguntaron. Vivían en un mar constantemente en deshielo y ellos se limitaban a saltar de una masa de hielo a otra, con poca esperanza de pisar tierra alguna vez.
Y poco más.
Nadie se le acercó para hablar de los viejos tiempos que él por su parte habría querido olvidar. Ni una palabra. Ni preguntar por los padres.
Nadie salió del bar que tantas veces había pisado su padre, nadie de la panadería en la que tantos años había trabajado su madre.
¿Y de su hermana? Con sus tetas tan llamativas y la vida escandalosa que llevó, que llevaba. Nada de nada.
Levantó la mano e indicó que empezaran los trabajos de demolición.
La bola comenzó a balancearse, cogiendo vuelo, preparándose para el golpe fatal. Hasta las nubes se habían detenido.
Sabían quién era, claro que lo sabían. Pero lo callaban, lo hacían a posta. Dejaban que les arrebatasen sus casas, que los llevasen de allá para acá, que apareciese él y nadie se acercara buscando un poco de conversación, compasión, por los viejos tiempos, un poco de tiempo más. Estaba en sus manos hacerlo. No había podido decírselo pero estaba en sus manos. Incluso posponerlo para siempre. Llevarse los recursos a otros barrios.
Pero nadie había dado señales. Ni los rostros que creía ocultaban rasgos familiares y cercanos.
¿Tanto había cambiado él?
Hombre, crecido, no mucho.
Al tercer golpe la bola se hizo con el edificio y cada ida y venida dejaba un brochazo de cielo azul libre y una masa de cascotes y humo a sus pies. Se retiró un poco y ya sólo estuvo a unos centímetros de los que como él observaban la ruina que poco a poco se iba dibujando.
El camión con la bola acabó y maniobró para abandonar la escena y dejar paso a la pala y a los camiones.
Tuvo que retroceder un poco más y un poco más hasta que ya tocaba la superficie de la masa, con un vecino a cada lado, y después un poco más y ya eran vecinos a todo su alrededor, engulléndolo, tragándolo y sin embargo sintiendo que nunca, nunca había estado tan cerca de ellos, abandonado y a la vez acogido.
Lo aceptó, lo aceptó y no gritó.
El operario de la bola se volvió, lo buscó con la mirada y al no verlo se encogió de hombros.
Se iría. Su trabajo estaba acabado.

martes, 11 de diciembre de 2018

Intrascendencia



Viajó a la primera capital de provincias que se le ocurrió. Estando en Madrid, eso abría muchas posibilidades. Y quería algo más íntimo, más provinciano. Cómo le gustaba es apalabra. Se había quedado con todo el sabor del pasado.
Al llegar, sin maleta, sin ropa, sin el estuche de aseo, sólo pensó en buscar un hostal por el centro. Con presentar el DNI estaba todo. Lo de no llevar equipaje no despertaba sospecha.
Al quedarse solo en la habitación todavía no sabía que haría. Visitar algún museo, ir a la biblioteca o dar una vuelta por la calle de las putas.
Pero un recipiente, que parecía para flores pero no era un florero, que tenía fotos de negritos sonrientes y agradecidos, le dio una idea.
Antes de salir a pedir decidió poner la televisión para ver si la idea se precisaba o si tenía que poner algo de su parte.
Y sí que se precisó.
Hablaban de corrupción y de atentados. Y de pedofilia.
Decidió que lo de los atentados era más proclive. No se corrompe a todos y la mayoría de adultos ya no están en edad de ser víctimas de un pedófilo.
Así que salió como pudo, con el recipiente en la mano y se fue a pedir a una plaza de aquella ciudad que decían que era muy famosa.
Bueno, a pedir no.
No iba a ir de mendigo, no. Iba air de activista. Se colocó en una de las esquinas, admirando los porches y a la vez demostrando humildad, esa actitud tan bien recibida, sobre todo cuando se confunde con la sumisión. Ponerse en el centro hubiese sido muy arrogante.
Estiró el brazo y empezó con la cantinela,
-Una donación por las víctimas de los últimos atentados. Una donación, sea usted solidario.
Había apostado consigo un millón de euros a que nadie le preguntaría de que atentados hablaba y mucho menos de qué organización se trataba.
Los que no le iban a dar nada, ni le mirarían, y los que le iban a dar, ya estaban convencidos. Entre medias no había nada. Ni nadie.
Alguien le dio un billete de cinco euros, aunque lo que más se oía era el tintineo de las monedas de un euro. Un euro. Ciento sesenta y seis pesetas con trescientos ochenta y seis milésimas de peseta. Antes del euro nadie le hubiera dado ciento sesenta y seis pesetas con trescientos ochenta y seis milésimas de peseta. Hubiera sido imposible, incluso materialmente.
Para que lo tengan en cuenta los que dicen que con el euro no hemos adelantado nada.
Había calculado cuatro horas pero en dos ya tenía la suma que precisaba. Cien euros. Para comprarse algo de ropa, un cepillo dentífrico y pagar una noche de hostal. ¡Ah!, y comer.
Después de ducharse y charlar un rato con el conserje, se enteró de donde se comía barato, salió a la calle convencido de la buena decisión que había tomado.
En el restaurante pegó la hebra con una pareja de jubilados. Les dijo que era escritor y que estaba escribiendo sobre una historia harto original. Les contó lo que había hecho desde que salió de casa, añadiendo que el protagonista era catedrático de psiquiatría y que se tomaba la vida como un taller en el que hacer pruebas.
Pero no les dijo todo, llegó justo a cuando el protagonista entra en un restaurante que le había aconsejado el conserje del hostal en el que se hospedaba y después pegaba la hebra con una pareja de jubilados. O quizás podía haber continuado. A veces vivimos y no sabemos qué.
Les encantó y se rieron mucho con la reflexión del euro y con el atrevimiento del psiquiatra.
-¡Qué locos están algunos psiquiatras!- dijo él que había sido carpintero toda su vida y que ahora jubilado se dedicaba a la marquetería.
Le invitaron a la comida, por lo que su mujer se permitió decir,
-¡Y anda que los escritores, sí que estáis locos!
Casi sin conocerse, sin haber follado y sin ninguna otra base para decir tal cosa.
Me despedí y les pregunté qué iban a hacer,
-Haremos el equipaje y nos vamos. ¿Y usted?
-Yo voy a pedir otro rato.
Se rieron.
Esta vez me puse en la calle más comercial. La ciudad es pequeña y algunas personas me reconocieron de la mañana. Dos días más pidiendo y sería “ese de la ONG que está recogiendo dinero para las víctimas de los últimos atentados”
En una hora tenía sobre unos doscientos euros.
Todos limpios.
Pensé en el día siguiente y ya me veía plenamente aceptado, quizás invitado a alguna reunión de organizaciones no gubernamentales y cosas así.
Por lo que volví al hostal, cancelé mi habitación, pagué y le dije al conserje que dejaba mi cepillo y el dentífrico sin usar en la habitación. Por si quería aprovecharlo.
Fui a la estación y cogí un autobús de vuelta a Madrid.
Con las pilas cargadas.