domingo, 21 de enero de 2018

Aforismos XXXIX



Cuando Dios nos mira, si es que existe, no sé qué lamentará, si nuestros éxitos o su fracaso.

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Nos vemos a nosotros mismos y miramos a los demás, conseguir ver a los otros y mirarnos a nosotros debería ser un objetivo de toda vida.

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Enfrentarse a la Sociedad de Consumo ofrece dos malas opciones. Si te haces visible, te ve y te hace invisible y si te haces invisible para que no te vea, no te ve.

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El amor sin sexo es un hogar edificable.

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Todos admiran la ocurrencia de Newton, pero ¿Y la manzana?

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Se estructura la historia, se guioniza y después con las preposiciones se escribe.

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El agua, al correr, no levanta cabeza. ¿Por qué no la tiene? O porque sabe muy bien a dónde va.

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La compasión es de cada uno, la caridad de todos.

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He vivido en casi todas las maneras de escribir del mundo pero no consigo olvidar que nací leyendo.

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Lo mediocre siempre es simple pero lo simple no siempre es mediocre.

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La sociedad ha establecido un mecanismo por el que nos vemos obligados a trabajar para ganarnos la vida pero ninguno para ganarnos el alma.

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Vemos las guerras ajenas como los fumadores los cigarrillos de vapor.

domingo, 7 de enero de 2018

Mantener la calma siempre



Estaban como cada tarde tomando unas cervezas en el local acostumbrado, viendo cómo iban llegando los amigos. A penas podían cruzar palabra, sólo gestos simpáticos del rostro, de bienvenida de los brazos, algunos sólo manos.
La música altísima era una necesidad. Nadie quería ponerse a debatir o a contar cosas. Eran momentos para tomar alcohol. Embrutecerse y pasar revista.
Pero sí pudo sentir el aliento caliente de su novia en la oreja y alcanzó a escuchar la palabra moto.
Hizo el gesto de no haber entendido.
Ahora sintió el contacto de sus labios que casi le besaban la oreja y entendió la frase,
-Estoy como una moto, no sé si me he meado o estoy lubricando a tope. La siento hinchadísima.
Se echo a reír y cogió distancia para mirarla. Estaba seria, la boca entreabierta y los ojos enfebrecidos. Su cara se aproximó y escuchó de nuevo su voz,
-Ahora mismo te comería….
Un empujón la alejó de él.
Se acercó él, le lamió el lóbulo izquierdo y le dijo,
-¿Qué hacemos aquí, pues?
Camino del coche se imaginaba un polvo histórico. Sabía de qué hablaba. Una energía urgente se iba apoderando de él.
Parado frente a un semáforo aprovechó para confirmar si seguía en disposición a la vez que notaba como su mano hurgaba en su bragueta, como le abría la cremallera y le apretaba la polla y los huevos.
Un coche paró al lado.
El conductor los estaba mirando fijamente.
Apretó el volante y le apreció que el semáforo no cambiaba nunca. Perdió los nervios.
-Baja el cristal- le dijo a ella.
-¿Cómo?- preguntó sorprendida.
-¡Qué bajes el cristal, coño!- le gritó.
El otro conductor, joven y serio, seguía mirándolos.
-Tú, mierdoso, ¡Qué coño estás mirando! ¡Metete en tus cosas gilipollas!
Ella se asustó y sólo acertó a decir,
-Pero…
El conductor que observaba, cambio de rostro y esbozó una sonrisa maliciosa.
-¡Como salga te voy a hostiar, hijoputa!- estalló.
Ella ya no decía nada.
-¡Sal si tienes huevos! ¡Maricón!
Y salió. Salió y se movió.
-Ya está en verde- le dijo ella a nadie, pues él también había salido, se había movido.
Sentada y perpleja asistió al encuentro de los dos hombres en primera fila.
Qué pequeño se le veía al lado de aquel grandullón.
Despertó dolorido y apenas podía abrir un ojo. Se tocó varias partes del cuerpo.
-Mi novia, ¿Dónde está mi novia?- alcanzó a decir.
No podía dejarla en aquel estado, podía pasar cualquier cosa. La vida está llena de individuos como aquel…
Intentó recordar pero sólo alcanzaba a ver luces rojas y verdes y una excitación demoledora.
Cómo habría quedado el otro.
-Mi novia, mi novia.
Alguien lo toco.
-Ahora viene, tranquilo. Llegó muy excitada con usted en la ambulancia y el médico tras hacerle la cura a usted, está reunido con ella, explicándole cómo se encuentra y la gravedad de las heridas.
-Sí, sí, pero su estado…
-Tranquilo, a ella no le hizo nada. Se ve que con usted tuvo bastante. Además el médico la debe estar tranquilizando. Llevan bastantes minutos en esa habitación.
Miro la puerta cerrada.
-Que no la tranquilice…
Y no pudo decir más pues se desmayó.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Escribimes y escribiretes II


 
Yo, a veces, voy a la estación del tren y miro a la gente.
¿Dónde van todos estos?
Luego vuelvo a casa y camino de ella sigo viendo a gente que espera.
Sólo de vez en cuando veo a alguien que no va a algún sitio.
Me gustaría preguntarle si ya ha llegado o es que ha desistido.
Sólo por pegar la hebra.
Y es que es muy difícil conversar, charlar sí, con gente que está de viaje.

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Estaba haciendo autoestop y alguien paró,
-¿A dónde no vas?- me preguntó.
-A muchos sitios- le contesté.
-Entonces sube, fácil es que no vaya a casi todos.

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 Estuve viviendo en el piso durante un año. Por él pasó un montón de gente preguntando por inquilinos anteriores. Por Maite Rodríguez. Por Alejandro Ortega que tenía un caniche gigante. Por Araceli Entrecanales que siempre iba con negros, me preguntó un negro. Por Pepe Saldivía que tenía dos tatuajes muy femeninos en la frente, uno a cada lado, me dijo una mujer malencarada, sonriendo maliciosamente como sólo saben hacerlo algunas mujeres y con razón.
Yo no sabía nada de ninguno pues no habían dejado dirección para contactar con ellos. Aún así cuando me fui le dejé al propietario la mía para que me enviara a todos los que siguieran llegando, preguntando por alguien.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Escribimes y escribiretes I







Estaba haciendo autoestop y me subió.
-Si fueras una tía, intentaría violarte- me dijo.
-Y como no lo soy………
-Como no lo eres, te voy a contar como he acabado siendo camionero a mis cincuenta años cuando de joven lo que quería era ser piloto de caza. Todo empezó un domingo en una sesión de exhibición en la Barceloneta. Tenía yo dieciséis años…
A ver- pensé- cómo denuncio yo esto a la policía.

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Estaba al fresco.
Con visibles gestos de estar dolorida e impedida.
Con sobrepeso.
-¿Cómo está la mamá?- me preguntó.
-Bien. Cuidada. Lo mejor que puede estar, dadas sus condiciones.
-Es que llegué ayer y como no puedo acercarme a verla, ya ves como estoy. Entonces, ¿Eres su hijo mayor?
-Sí, el mayor.
-Y en las condiciones que estoy, ya ves, me es difícil moverme. O sea, ¿Qué está bien?
-Sí, muy bien. Mejor que aquí, sola.
-Me ha traído mi hijo. Pero, claro, él no me va a llevar a verla. Y yo sin él…..Me alegró que esté bien. ¿Está también allí Fulano, no?
-Sí, sí, también. Está muy bien también.
-Mejor que yo seguro. Es que cómo estoy me voy bandeando. Si no fuera por mi hijo... Pues dale recuerdos de mi parte.
-Se los daré, gracias.
Y me fui.
Sin preguntarle qué es lo que le pasaba, ni interesarme por su situación.
Creo que era lo correcto. Otra cosa hubiese sido una hipocresía.
Y una señora tan atenta y preocupada por los demás no se merece tamaña falta de respeto.

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Con la excitación de irnos de vacaciones, decidimos ser sinceros y mi hermana dijo que dejáramos a la madre y yo le dije que entonces al padre también. La madre habló con el padre sobre dejar a los hijos. Al final decidimos irnos todos juntos.
En la autopista encontramos un montón de vehículos todos llenos. Nos alegramos. No éramos los únicos.

domingo, 3 de diciembre de 2017

De rebote





Voy a verlo al hospital pensando en que le voy a decir para animarlo. De pronto le ha venido todo encima. Su mujer ha aprovechado que está ingresado para abandonarlo. Me da pena pero a veces pienso que se lo merece, Dios no me escuche.
Nada más entrar le echo un vistazo y cuando parece que he encontrado algo para animarlo,

-Fue tremendo lo que me paso. Ya sabes que soy muy dado a los ataques de incontinencia verbal. Soy el responsable lo sé. Pero no el único culpable.
No soy incontinente siempre, sólo cuando me provocan. Un “buenos días” en la consulta del médico, me desata. Lo tomo como una invitación y dale que dale y diciéndome, ahí vas, a tumba abierta.
Hablo a sus oídos pero miro a los ojos. No es suficiente. En esos momentos sólo, y no siempre, me pararía un,
-¡Basta! Córtese por dios. Es usted insufrible.
Y lo soy.
Y no me gusta.
Pero nadie lo dice. Cosas de la educación o la timidez o no meterse en problemas, porque a saber de qué pie cojeo yo.
Fue tremendo.
Había visto la noche anterior un reportaje sobre el maltrato machista y me puse a reventar. No por el maltratador, que éste me pone a ejecutar, o a matar, como más te guste. No, la maltratadora.
Que decía que le decía a su marido, pégame, pero pégame flojito, que no lo oigan los niños, ni los vecinos. Era guapa y joven. Tenía derecho a ser feliz pero no había encontrado su camino a la felicidad.
Pero decir eso. ¿Cómo se puede decir eso?
Inexplicable, intolerable.
No hay que actuar sólo contra él, también contra ella.
Hay que hacer todo lo contrario.
Pégame fuerte cabrón, que lo oigan los niños y los vecinos. Que lo oiga el mundo entero. Para que cuando te dé con la punta de la plancha en todo el cabezón que tienes, que fíjate para lo que te sirve, todo el mundo lo entienda.
Tiene sentido lo que digo, ¿No?
No se trata de “en defensa propia”, Sr, juez, que es que estaba hasta el coño, de que toda la sociedad parezca que sí pero es que no.
Pues ella, pégame flojito.
Válgame Dios.
Es que me había caido simpática y accesible. Muy sencilla con su rebequita y su pañuelo de un solo color.
Pues se puso a llorar como una magdalena. Se fue del consultorio.
Salió la enfermera y al no verla me pasó a mí.
Al salir del empaste, le dije,
-¡Qué miedo le tienen algunos al dentista!
Ella me dijo que no, que la pobre estaba pasando un mal momento, que había algo más. Me dijo no sé qué de una rotura de mandíbula y algo más. Me lo figuré. Una mujer no le rompe a otra la mandíbula, la deja sin pelo, la envenena, pero romper no. Bocazas.
Pero lo tremendo vino unos días después.
Se suicidó. Lo dijeron por la televisión. La reconocí.
Dijeron también que las autoridades no sabían todavía si calificar el suceso como “violencia machista”, que según lo que dijeran los forenses y las investigaciones, ya decidirían.
Salió un familiar y dijo que las cosas se estaban arreglando, que parecía que ya él la maltrataba menos, pero que había sufrido una crisis hacia unos días y había terminado como había terminado.
Y digo yo ahora, ¿Tengo yo la culpa?
Yo qué sabía.
Si tienes que esperar a conocer a alguien a fondo para explicarte vas apañado.
Y lo miré y le dije, por ejemplo, ahora, con el ascensor estropeado, usted ahí delante, los dos en silencio. Que no sabemos cuándo van a arreglarlo. Todo el día nos podemos tirar aquí, callados como muertos.
Algo habrá que contar.
Pero ella era una maltratada, fíjese, qué casualidad. En un dentista te encuentras a una maltratada.
¡Qué cosas tiene el destino!
Sería lo mismo que si ahora, en un ascensor estropeado te encuentras a un maltratador hijo de puta, psicópata.
Hizo una pausa larga.
-Fue tremendo- dijo
Y trató de darse la vuelta en la cama.
Con todos aquellos cables y aquellas vendas moverse era complicado.

Y yo ya no me acordaba de lo que iba a decirle para animarlo.