jueves, 2 de agosto de 2018

Más o menos


Estaba sentado en un banco del parque, tomando el fresco. En otoño y en invierno suele  ser un lugar tranquilo. Los niños van al cole y hacen deberes. Las madres aprovechan para no ir al parque. Las madres suelen odiar los parques. A los hijos, no, pero a los parques no los pueden ni ver. Los aguantan porque son necesarios. Es como cuando un delincuente sale en libertad pero tiene que pasar por la comisaría cada semana.
En primavera la gente empieza a fluir. Huelen el verano y en verano el parque es un lugar odioso. Salvo cuando cae la noche.
Es entonces cuando él va a tomar el fresco. Le gusta pensar que es su parque, que se lo mantienen, que tiene invitados y que a la noche lo recupera.
Con su hija, cuando su hija era su hija, solía hacer esa broma. Pero con el mar.
-Papa, ¿Por qué no nos hacemos una piscina?
Entonces él le decía lo de ser propietario.
-Pero si tenemos una piscina fantástica. Nos la cuidan, la llenan de invitados y nos la mantiene el Ayuntamiento. No se puede pedir más. Es un chollo.
Ella lo miraba maravillosamente sorprendida. Era pequeña. Se creía cualquier cosa.
-¿Y dónde está?
Le decía el nombre de la playa.
-¡Qué tonto!
-No, en serio. ¿No puedes ir cuando quieres? ¿No es gratis? Es tuya.
-Y de los demás.
-Eso es lo que se creen ellos.
-Pues échalos.
-¿Tu echarías a la gente de tu piscina?
Pero ahora no es pequeña y lo peor es que él es viejo. Le gusta sentarse en el banco y ver pasar coches que recogen a sus conductores y a algún paseante que aunque no le dice nada, sabe que están en comunión.
Esta noche hay una señora mayor jugando con un perro.
Dos personas mayores y un perro.
Podían ser un matrimonio. Se estremece del horror.
Debe ser de Barcelona. Por cuestión de probabilidad. Los que son de fuera y vienen en verano se suelen quedar en algún apartamento de la playa. Sólo los de Barcelona tienen casas en el pueblo. Vienen durante todo el año.
La señora le resulta desconocida. Tiene cierto señorío y se mueve con serenidad. Debe haber sido guapa. Seguro que ha sido madre y ahora o es viuda o divorciada o sigue desgraciadamente casada.
Lo piensa mientras ve como le tira al perro una pelota que este recoge y le vuelve a llevar.
¿Qué se creerá que está haciendo?
Es joven y corre y se sacude a la vez. Da un golpe de cabeza y se le escapa la pelota que va a parar a sus pies.
La señora lo mira. El perro también. Está detenido.
¿Lo están invitando a jugar?
Se levanta con la pelota en la mano y se dirige hacia el banco en que está ella. Se sienta a su lado sin devolverle la pelota.
El perro no se ha movido.
-¿Por qué no me tira a mí la pelota?- le pregunta, a la vez que se la devuelve.
Ella no se ríe. Coge la pelota.
-Soy más interesante que ese perro. Hablo y puedo razonar dentro de unos límites. Claro, si me dice que es cuestión de edad, que es más joven que yo, le tengo que dar la razón. Él es mucho más joven que yo.
-No me voy a poner a gritar ni nada parecido. Ni voy a admitir que es usted original, ni gracioso. En realidad no me parece descabellado su ofrecimiento. Pero no se dan las circunstancias. Poca gente iba a entender.
-Desde luego, poca gente- admití.
-Sin embargo- continué- si entienden que un hombre robe a otro hombre o que un borracho atropelle a un viandante. Es un mundo raro.
-Raro no. Es nuestro mundo- dice ella.
-¿Es usted de Barcelona?
-No, no, eso no. Acaba usted de rebajar el nivel de la conversación a ritmo de montaña rusa. Me mareo. Con lo alto que estábamos. Tirarle la pelota para que me la devolviera. Eso nunca ningún hombre me lo había dicho.
-¿Ni siquiera en la intimidad de una habitación?
-Ni siquiera en la consulta.
La miro inquisitivo.
-Soy psiquiatra y sí, soy de Barcelona y he entendido perfectamente lo que me ha querido decir.
Lanzó la pelota y el perro que hasta ese momento había estado expectante salto como si de un resorte se tratara.
-Mañana estaré otra vez aquí. Si trae la pelota pero no el perro, quizás lo podamos intentar.
El perro se quedó a su lado, como si fuese su marido, con la pelota en la boca.
-Claro.
-Claro.

sábado, 23 de junio de 2018

Medicina





-¿Por qué medicina? No hay ningún médico en la familia, no sabemos cómo funciona ese negocio. Si fueses para economista o para abogado. Pero médico. ¿Por qué tú?
Se quedaba mirándolo, esperando una respuesta.
En vista de que no la había, seguía,
-Además, ahora mismo y en estos años pasados, no ha habido ninguna serie de médicos famosa. De abogados sí, unas cuantas. Pero de hospitales no. ¿Por qué tú?
Así era su padre, no como un mercachifle que compra a un precio y vende a otro un poco más alto si puede, buen negocio; al mismo, negocio en precario; a uno más bajo, negocio ruinoso. Su abuelo  sí lo había sido, su padre no. Pero debía llevarlo en los genes.
¿Lo tenía él?
Dijo lo más tonto,
-¡Para ayudar a la gente!
Con ímpetu, en plan exclamación.
Después, cuando ya llevaba un tiempo en la facultad, lo volvió a decir. Delante de los restos de una persona que ya había sido despedazada con alevosía, nocturnidad y a tope. Se lo dijo con la voz interior, a si mismo, más bien se lo preguntó,
-¿Para ayudar a la gente?
Lo intentó con los compañeros, con unos cuantos, y le salieron con unas cuantas respuestas, ni una más ni una menos. O sea, que para él había una, en exclusividad.
Pero, ¿Cuál era?
-Si todos se mueren, ¿Para qué lo haces?- le dijo al enterarse de lo que estudiaba y de que estaba a punto de acabar.
-¿Tú también?, parece mentira- le contesto con pesar y rabia, viéndola tan turgente y hermosa, sabiendo a ciencia cierta lo que discurría por su interior y lo que de vez en cuando expelía por los diferentes agujeros que tenía y por alguno de los cuales en aquel momento estaba deseando entrar.
Buscaba respuestas y apenas sabía formular las preguntas, aunque igual no era una pregunta y era todo un sistema de variables parametrizadas por la cotidianidad, esa herramienta aniquiladora de la existencia.
Fuera lo que fuese le inquietaba siempre.
¿Cuáles eran sus razones?
Un día, debatiendo sobre el tema, y ante la pregunta que le había formulado, un compañero le contestó,
-¿Mis razones? No sé, siento que ayudo, que tengo una función en la sociedad. Curo a los enfermos.
Al verle la cara de decepción, añadió,
-Pero no te creas, tampoco es seguro. De hecho llegué a la facultad por eliminación. Esta no me gusta, esta tampoco, esta tampoco, hombre, probaré medicina. ¿Por qué? ¿Por las enfermeras?
Y un tercero que escuchaba,
-Las enfermeras, pero no de cualquier manera. Las enfermeras en plan sumisión. Tú eres el jefe, tú mandas. ¡Quítate el uniforme!
Uno de letras, con la licenciatura a cuestas, compañero  de piso en su momento y de vida en este, que casi nunca decía nada que tuviese un argumento al que agarrarse aclaró,
-Quevedo odiaba a los abogados y a los médicos, aunque creo que lo que realmente odiaba era esa situación de dependencia en que te pone la vida y lo personalizaba en esas profesiones que necesitas sin posibilidades de rechazarlas sin grandes perjuicios para ti.
-Cómo subirse a un avión- aseguró alguien.
-Sí, como subirse a un avión por cojones. Nada de coches, ni trenes, ni barcos. Sólo aviones y el piloto esperándote.
¿Era eso?
No ver a sus pacientes como seres enfermos, necesitados de ayuda, sino como seres desvalidos que dependen de ti.
Como el dependía de ella.
¿Ella lo veía así?
-Tú me quieres por la misma razón que yo practico la medicina.
Acababan de follar y ella le contestó,
-Casi prefiero que te duermas.
Miraba a los colegas intentando adivinar algo, ¿Se hacían preguntas ellos?
-Tu abuelo se muestra imposible con los médicos, podrías ir a verlo tú- le pidió su padre.
-¿Imposible?
-Sí, los odia. Se le nota, se ponía así cuando no cerraba un buen negocio. Tumbado entre goteros y sabanas blancas y parece estar haciendo un negocio ruinoso, como si estuviera perdiendo dinero.
-Pero si no paga nada.
Su padre lo miró,
-No estoy hablando de eso
-Pues, ¿de qué hablas?
Su padre volvió a lo de entonces,
-Medicina, ¿Por qué tú?
Casi lo tenía, notaba que estaba llegando a algo. Iría a ver al abuelo.
No le pusieron pegas, le enseñaron informes, resultados de análisis, alguna radiografía. No había por donde cogerlo. No estaba enfermo de nada y lo estaba de todo. Estaba viejo.
¿Cuánto? No se sabe. Una semana, un año, ahora mismo, es una cadena de vida y va a durar lo que dure su eslabón más débil.
Le pareció una gilipollez pero su colega estaba buena y se lo perdonó.
-Hombre, tú por aquí- le dijo al verlo.
Lo beso de manera fría. Nunca se habían llevado bien.
-Dice tu hijo que maltratas a los médicos.
-No entienden nada.
-¿Qué es lo que no entienden?
-Nada.
-Así no me vas a vender algo que merezca la pena. Me voy a ir como vine y tú con el almacén lleno.
Se echo a reír. Viejos tiempos.
-A tu padre le jodía especialmente esa parte. ¡Qué buena memoria!
Hizo una pausa,
-Me voy a morir, eso lo sé. Y nadie, ninguno puede hacer nada. ¿Qué medicina necesito? Ninguna. Y ninguna me dan, vienen aquí ejerciendo su poder, exhibiendo su salud, alegrándose por dentro de no ser viejos como yo, echándose miradas de lubricidad los unos a las otras y viceversa. Y en todo esto, ¿Qué vendo yo? Muerte. O quiero vender porque nadie la compra. Ni aunque la regalase. ¿Dónde estoy yo? ¿Dónde mi poder?
Otra pausa,
-No tengo nada que ofrecer.
Cerró los ojos.
-¿Es así cómo me ves?
Los abrió,
-¿Te veo? Es así como somos. Mira, hijo, he pasado toda mi vida detrás de un mostrador y todos y cada uno de los que entraban en la tienda traían su poder y yo estaba allí con el mío, dispuesto a la batalla, a la guerra de cada día, de la vida. ¡Cuántas gané!
Hizo una pausa para respirar.
-Pues todo es así. Todo.
Respiró otra vez.
-Todo. De verdad.
Añadió,
-Porque la vida no aceptaría otra cosa. Abogados, arquitectos, políticos, médicos, poder.
Se quedó en silencio.
Alargó la mano y le acarició el escuálido brazo.
-Me ha alegrado tu visita y me ha sorprendido. ¿Cómo es que has venido?
Le sonrió en señal de agradecimiento por no recordar que era médico.
Se despidió de él y bajando la escalinata del hospital se preguntó si había alguna otra cosa en la vida que no fuese ejercer la medicina.
En el amplio sentido de la palabra.

sábado, 19 de mayo de 2018

Aforismos XLI



Imaginaos a un pato perfeccionando “el pato a la naranja”. Pues el hombre no hace otra cosa.

*******

De esas veces que estornudas, te sale algo por la boca y no sabes dónde ha ido a parar… y ves algo familiar en la situación.

*******

Hay personas que se dedican a escalar montañas de alturas vertiginosas y otras a comprarse el automóvil más caro del momento y otras… Eso es así, no hay que darle más vueltas.

********

La flecha le atravesó de parte a parte y supo que iba a morir. Le consoló pensar en aquella última mirada que lo había tenido en cuenta antes de liberar la flecha.

*******

¡Qué tontería decir “lo peor ha pasado ya”! Lo peor es lo último que pasa.

*******

Enseñanzas del cangrejo
2) Es el único animal que al encontrarse con una pared puede seguir de frente.

*******

Los que tienen una FE ven la incredulidad como una amenaza e intentan prohibirla. Nunca combatirla. Porque para que haya guerra se necesita otra FE.

********
Las ideologías son las religiones que te ofrecen el paraíso aquí en la Tierra. Y claro, así, no se puede engañar a la gente dos mil años.

********

"Estarás como en tu casa" siempre ha sido un apocope.

*******

Entretenerse no es malo. Confundirlo con vivir tampoco pero da pena.

*******

Suele suceder que a veces amarramos en bolardos que no han acabado su singladura.

*********

Si vas por tu cuenta, no cuentes con el rebaño. Y tiene su lógica.

viernes, 20 de abril de 2018

Lobos y ovejas y viceversa





Fue una noche de lo más ajetreada. Bueno, como todas. Pero esta me ratificó en mi esperanza con el hombre.
Bueno, más que en el hombre, en el lobo. Yo me entiendo.
Habíamos atendido tres casos de gripe, una agresión normal, dos de género, una de vecino, dos caídas y dos decepciones, cuando en urgencias apareció el lobo con la oveja.
Mientras todos estábamos con la boca abierta, Luis dijo,
-Menos mal que no es un cordero.
Pero se notaba que él también estaba boquiabierto.
-A ver, ¿Qué le pasa?- dijo Matilde.
-Pero, ¿Qué dices?- se sorprendió Isabel- ¡Que es un lobo!
-¿Y qué quieres que le diga?- se defendió aquella.
Lo sorprendente es que el lobo soltó,
-Tiene fiebre y le dan convulsiones. Y no está preñada.
Y ahí estaba Matilde, tomando nota.
-Pero Mati, ¿Tú, esto lo encuentras normal?- insistió Isabel.
-¿A ti que te parece?- respondió Matilde
-Como estás tomando nota- se extrañó Isabel.
-¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me sorprenda de ver a un lobo en urgencias? ¿Qué me sorprenda de que llegue acompañado de una oveja? ¿Qué me sorprenda de que hable? ¿Qué me sorprenda de que sea educado? ¿O que me sorprenda de que sepa lo que es estar preñada?
Se notaba que Matilde era delegada sindical.
-¿O que se sorprenda de que en vez de estar comiéndosela esté aquí para que le echemos un vistazo?- tercié yo, que era el médico esa noche.
Así que siguió con el registro.
Luis dijo,
-¿Y si todos dejamos de comportarnos como paletos? Seguro que no es la primera vez que pasa esto.
-¿Seguro?- dijo Isabel.
-Pues casi seguro- apunto Luis que nunca daba así como así su brazo a torcer.
-Nombre- pidió Matilde.
-Lobo- dijo el lobo.
-Lobo, ¿Qué?, tendrá un apellido- exigió Matilde.
-Lobo Lobo- dijo el lobo.
-Y de segundo apellido Lobo, seguro- terció Isabel con sorna.
-No sé si se dan cuenta de la situación en que estamos. Esto es urgencias, señores. Se atienden casos graves- dijo el lobo educadamente.
-Esta sí que es buena- explotó Matilde- O sea no sólo aparece por urgencias con una oveja, siendo usted un lobo, si no que pretende dar lecciones. ¡Por Dios!
Y dio un golpe en la mesa.
-Tranquilízate, Mati, que como enseñe las fauces… - intente poner calma en el asunto.
Pero Matilde ya estaba lanzada,
-Usted se cree que puede aparecer por aquí y así, y que todo siga normal. Por lo menos admita que hemos sabido encajar la situación. ¿Ella puede hablar?- preguntó, indicando a la oveja.
-¿Cómo va a hablar si es una oveja?- dijo el lobo.
-Lo que me faltaba- casi gritó Matilde y se levantó como solía hacerlo en la mesa de negociaciones, para volver a sentarse a continuación.
-Esto puede ser que tenga algo que ver con el género, maltrato, abuso o algo- insinúo Luis.
-Será especie, en todo caso- aclaró Isabel.
-Se dan cuenta de que están hablando de nosotros como si no estuviéramos- apuntó el lobo.
-¡Qué poco respeto! ¿Verdad?- dijo Matilde.
-Ya estoy mejor- dijo en ese momento la oveja- Vámonos.
Por primera vez el lobo se mostró confuso. Como si nunca hubiera oído la voz de la oveja.
Mientras Matilde se puso a escribir,
-A tantos de tanto a las tantas de la noche, acude a urgencias Lobo Lobo Lobo acompañando a Oveja Oveja Oveja que presenta un cuadro de fiebre y convulsiones. No parece grave. Mientras se toma nota del ingreso, Oveja Oveja Oveja muestra indicios de recuperación y deciden volver a su casa.
Y me pasa el informe para que lo firme.
-Tú no estás bien de la cabeza- le recrimino.
-Lo sé, ya me he dado cuenta- admite.
Le pone el sello al papel, hace una copia y se la entrega al lobo.
-¡Ale!- anima Matilde.
-¿Y ya está?- pregunta el lobo- ¿No nos hacen alguna receta?
-Pero si ya está bien- dice Isabel.
El lobo se vuelve hacia la oveja,
-¿Estás segura? Mira que tú con tal de no entrar en un hospital…
En ese momento la oveja se pone a dos patas y hace unas cabriolas.
-¿Ves? Estoy estupendamente.
-Como una cabra- dice por lo bajo Luis.
A nuestra espalda ha parecido la Inspectora. Como suele ser habitual.
-¡Hola! ¿Qué pasa aquí?
La sorpresa es tremenda. Nunca a horas tan intempestivas la Inspectora se había presentado allí.
-¿No estarás controlándonos, verdad?- salta Matilde- Ya sabes que en el último convenio…
Pero la Inspectora no les quita ojo al lobo y a la oveja.
-¿Y estos?
-Ya se iban- digo yo.
Está bastante impresionada. No sabe qué hacer. Se inclina sobre el mostrador.
-¿Qué busca? ¿Lobitos? ¿Corderitos? ¿Lobitocorderitos?- se burla Isabel.
No se le ocurre otra cosa que decir que,
-¿Y el peligro de contagio?
Me mira como responsable del equipo.
-De usted no me sorprende ya nada. Mire, que lo encuentro hasta normal.
Todo el mundo en el hospital sabe lo nuestro. La denuncie por acoso sexual y desde entonces…
-¿Van a ingresar? – pregunta.
-No, ya se ha recuperado- le digo- La oveja que tenía fiebre y convulsiones. Algún episodio…
-¿Episodio? ¿Se cree que esto es una serie?- se sulfura.
-No, pero casi- dice Luis.
-En fin- dice el lobo- Nosotros nos vamos. Me alegro de que todo haya sido una falsa alarma, porque si llega a tener algo malo, la pobre la palma aquí mismo. Vamos- le dice a la oveja.
Los vemos alejarse. Ella trota mansamente detrás de él. Se introducen en un
cuatro por cuatro. Vemos en silencio como se alejan.
-Si no lo veo no lo creo- dice Matilde.
-Como se les notaba- añade Isabel.
-Pero, ¿Estáis seguros?- pregunta Luis.
-¡Hombre y tan seguros! Lo estoy yo que sólo los he visto unos segundos- dice la Inspectora.
-Me gustaría seguirlos, ver a donde van, cómo es su vida diaria. Si tienen vecinos, si tienen hijos- digo yo que algunas veces de sentimental, parezco tonto.
-Y tenían pinta de ser jóvenes- dice Isabel.
-Pues jóvenes y todo, ya se les nota. Hay cosas que nunca cambiaran- aseguró Matilde.
-Eso, con una buena educación, se arreglaría- dice la Inspectora.
Aquí salto yo que tuve que sufrir su furor uterino durante meses.
-Pues usted, educación recibió y le sirvió de bien poco.
Solloza.
-No vuelvo más por aquí a estas horas. Hace una el esfuerzo y se le paga de esta forma.
-Eso, no vuelva- dice Luis, cuando ya se ha ido.
-¿A dónde irá a estas horas?
-A donde quiera, sitios tiene. Sin embargo, ellos, ¿A dónde van tan jóvenes, tan desvalidos y sin embargo, tan atrapados, lobo él, oveja ella?- dice pensativa Isabel.
Isabel, que si hubiera sido por ella, los hubiera ingresado y los hubiera mantenido ingresados hasta convertirlos en un hombre y una mujer, jóvenes los dos, con toda la vida por delante.
Ya sé que este pensamiento no vale para nada pero cuando lo tengo me reconcilia con la vida.
Qué noche.
Y es que se veía claramente que eran un lobo y una oveja.
Y ellos sin saberlo.
A saber a qué estarían jugando.