martes, 24 de enero de 2017

Aforismos XXXI






En la ética, la convicción debería ser una variable y la responsabilidad una constante. Otra cosa es la poética.

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En el político tan perjudicial es que su interés esté por encima de los de la ciudadanía, como que lo esté su ideología.

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En las relaciones humanas, la frontera que hay entre convención y subterfugio es la que me gustaría a mí que hubiese entre todas las naciones de este mundo.

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Nunca como hoy en día el concepto “nicho de mercado” ha tenido tanto sentido.

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El artista cuenta en su obra todo lo que se le ocurre, así que no le exijamos además que sea inteligible.

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Deberíamos tener la suficiente vergüenza, como especie, de no exteriorizar lo que nos creemos que somos porque entre otras cosas no hay ninguna otra especie de ser vivo que pueda rebatirnos o contradecirnos. Y eso es algo propio de ventajistas.

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A veces confundimos mangante con magnate. Y como se puede ver no sólo es culpa nuestra.

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No hay nada más conmovedor que una persona con gran capacidad de trabajo pero sin talento.

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Si decides disimular para conseguir algo piensa antes que el disimulo no sale igual que entra y que algunas veces se queda para siempre.

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Le dice la flor a la abeja
-Sólo me quieres por mi polen.
A lo que al hombre no le queda más remedio que mentir.

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Tener fortuna o tener una fortuna. He ahí el poder de un artículo indeterminado.

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Sobre el carácter y la personalidad
Es curioso como carácter y personalidad en su esencia tienen características de género

viernes, 13 de enero de 2017

Condominio





Insistieron tanto que al final tuvo que ir.
- Pero si yo, con saber que estáis a gusto, ya me conformo. Hacer mil quilómetros para…
- Mil quilómetros, mil quilómetros, pero si a veces haces tres mil para vender uno de esos aviones- le dijo su padre.
Y tuvo que ir.
Les había costado decidirse y seguramente tanta vacilación ahora se había convertido en entusiasmo. Las sensaciones ni se crean ni se destruyen, se transforman.
Le había parecido bien el cambio. La casa de siempre era enorme para su edad y los conocidos ya estaban agotados.
- Nunca dicen nada nuevo- solía decir su madre.
Que él se preguntaba qué de nuevo podía decirle su padre, con el que llevaba cincuenta años casada.
Ahora tenían una pequeña casita en una urbanización, por Alicante, que llamaban El Condominio. Una urbanización matemática con calles rectas y anchas, con dos mil o tres mil árboles todos idénticos, no iguales, no de la misma especie, sino idénticos, con supermercados, tiendas y farmacias, estratégicamente y proporcionadamente bien distribuido todo. Eso lo escribió su padre en un email. Él le preguntó qué quería decir una “urbanización matemática”. Pero no le contestó.
Sus padres no pudieron ir a buscarle al aeropuerto.
- Irá uno de nuestros vecinos- le dijo su padre, sin explicarle las razones.
No llevaría un cártel con su nombre si no uno que tenían para casos así. Pone Condominio, le acabó diciendo.
Era un anciano. Tanto, que cuando lo vio pensó que habían venido dos personas a buscarlo. Pero no pudo encontrar a la otra por ninguna parte.
- Te pareces a tu padre, eres desgarbado y tienes una melena impropia de tu edad. La de tu padre es insultante. Lo primero que uno piensa cuando lo ve por primera vez es que es una peluca y se dice uno para sí- será gilipollas, casi ochenta años y se compra una peluca de adolescente- Pero no, es natural. En Condominio es famoso por ello.
Decían Condominio, no El Condominio.
Había venido en uno de esos coches que tienen prohibido acercarse a las autopistas y demás vías de circulación rapidas, sólo para distancias cortas, y que no pueden ir a otra velocidad que no sea la que entorpece el tráfico. Con la garantía de que si se tiene un accidente, todos los ocupantes perecen en él sin ningún tipo de duda.
- Tiene poco equipaje- se extrañó el vecino de sus padres.
Andaba vacilante pero cuando se sentó y puso las manos sobre el volante todo él se transformó.
- Dice tu padre que vendes aviones- le dijo camino de la urbanización.
Cada vez que hablaba, hacía una pausa, y lo miraba durante unos segundos.
- Sí, sí, aviones de guerra y aviones privados, nada de aviones comerciales. Eso es otro cantar- le dije yo.
- ¿Cantar?- se extrañó- Es que soy sordo como una tapia.
Vi que no llevaba ningún aparato. Se lo dije.
- No, soy enemigo- se calló un momento- somos enemigos de rodearnos de muchos artilugios.
Lo miró.
- Para evitar el síndrome de Diógenes.
Entonces cayó en la cuenta de que esa debía ser la razón de no poder llamar nunca a sus padres. Debiendo espera a que fueran ellos, generalmente su padre, el que llamaba.
- Pero y si os pasa algo-le decía él.
- ¿Y qué nos va a pasar? Aquí hay mucha gente, unos pendientes de otros, siempre.
Lo llamaba desde una cabina telefónica.
- Hay un montón, estratégicamente situadas.
En esos momentos cayó en la extraña pulcritud de su acompañante.
Al llegar a las primeras casitas, su madre estaba esperándolos.
- Tu padre vendrá ahora.
Su taxista circunstancial ni se bajó. Descargó el poco equipaje que llevaba y vieron, él y su madre, como se perdía a lo lejos, al cabo de unos minutos.
- ¿Cuánto mide la calle?- le preguntó a su madre- Es larguísima.
- Sí, en Condominio sólo hay cuatro calles largas y trescientas cortas.
Se quedó mirándola. Debería ser información comercial de la promotora de la urbanización.
Miró a su alrededor. Nada de lo que había, sobraba o estorbaba. Parecía todo un escenario ordenado con la intención de trasmitir algo concreto y muy preciso, que a él le pareció que debía tener algo que ver con la seguridad. Con la seguridad en todas sus modalidades y variaciones.
Como si fuese una casa ordenada. Sin niños, pensó.
Su madre permanecía tranquila, parecía arreglada para una fiesta.
- Estás súper elegante- le dijo mientras la tomaba por los hombros, tratando de crear una complicidad que recordara algo más que el suave olor de otros tiempos.
- Sí, lo vigilamos mucho en Condominio.
Se podía ver un grupo que se aproximaba haciendo futin desde el principio de la calle.
- ¿Vamos?- la invitó a la vez que cogía el equipaje.
- Espera que llegue tu padre- dijo ella y le indico al grupo que venía hacia ellos.
- Está todo impoluto- comento él, haciendo tiempo.
- Sí, es para evitar el síndrome de Diógenes- aseguro su madre mirando a su alrededor.
- Estás más gordo- le dijo. Mirándolo como si fuese un simple conocido.
- ¿Por qué se llama esto Condominio? ¿O por qué lo llamáis así?
- No sé, es un condominio ¿No?
Saco el móvil y busco “condominio”. Mientras se descargaba la página le echó un vistazo al grupo que aprecia que aunque se movía no terminaba de llegar nunca. Debían ser unos quince. Comandado por alguien desde luego muy colorido.
- Se le va a la legua- dijo señalando al grupo.
- Es el monitor. No le gusta nada ir de esa guisa, pero es que algunos no ven bien.
- Tú, ¿No te animas?
- Sí- le contestó ella.
- Condominio- leí en voz alta- Uno. Posesión de una cosa, en especial de una finca o de un inmueble, por dos o más personas a la vez. Dos. Territorio no autónomo sometido a la autoridad conjunta de dos estados.
- Pues será por algo de eso, aunque nuestra casita es nuestra y de nadie más- dijo ella- O por algún cuentista que quería vender las casas. Se oye cada cosa.
Entonces se acordó del anciano sordo.
- ¿Cómo es que conduce un hombre sordo, mayor y que además no lleva un sonotone?
Casi pareció que la había recuperado cuando oyó que decía con sorna,
- Es que si nos ponemos a ser exigentes…
El grupo ya estaba encima. De él destacó su padre.
- Al fin te podemos ver- exclamo con las manos apoyadas en las caderas.
- Este es mi hijo- le dijo al resto, volviéndose hacia ellos.
Se armó una algarabía sorprendente dado que venían corriendo y que debían estar agotados. Oyó bienvenidas, recibió apretones de manos, todo un poco exagerado. No conocía a nadie. Te gustará, ya lo veras. Tus padres no han podido hacer mejor elección. Y frases por el estilo. Hasta que el monitor eléctrico pitó y los puso a todos otra vez en marcha. Alguien le había dado un caramelo.
Su padre y su madre se quedaron con él.
- Ahora te enseñaremos nuestra casita- dijo su padre.
Se la imaginaba. No quería ir. Desenvolvió el caramelo y tiró la envoltura al suelo.
Su madre al verlo, exclamó,
- No puedes ver nada limpio, en cuanto ves algo…
Dejó la frase sin acabar y se agachó a recoger el papel.
- No veas el trabajo que te quita tener pocas cosas y que el polvo no se pueda acumular más que en los rincones, nada de libros, plumas, paquetes de tabaco y sellos- comentó su padre.
Así que así iba a ser la estancia, pensó.
-¿Me enseñáis la casa?

martes, 3 de enero de 2017

Aforismos XXX





Hembra, hombre. Mujer, macho. ¿Quién construye en el subconsciente?

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¿La lactancia es a la mujer, lo que la jactancia es al hombre?

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Cuando escribo un poema y encuentro en él un verso o una frase que no entiendo es cuando ser poeta tiene todo su sentido.

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Esos escritores veteranos que dicen que escribes mejor a medida que tachas más son como esos países desarrollados que quieren imponer a los países pobres cuotas de contaminación.

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La lealtad de la hormiga al Plan. Y en el otro extremo nuestra traición.

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El dolor siempre que lo he necesitado ha estado ahí. A este hecho se  le ha puesto el nombre de somatizar. ¡Qué poca poesía para tanta ayuda!

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Que arriba esté mejor visto que abajo, da una idea de nuestro aprecio por la realidad, teniendo en cuenta que arriba no sabemos lo que hay y abajo es donde ponemos los pies.

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El topo es ciego de la misma manera que el pez nada y el ave vuela.

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Los talleres de literatura son como una empresa  de jardinería en que todas las plantas son tratadas como si fuesen de la misma especie.

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No puedo escribir novelas de la misma manera que no puedo pararme en la calle con un conocido y ponerme a hablar del tiempo o de la salud. Enseguida me sale ¿Te va bien con tu mujer? ¿Te sientes traicionado por los hijos? ¿Deseas a tu vecina?

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No puedo acercarme a ciertos poetas. En cuanto  lo hago parezco un volcán que despierta. O una cloaca que se destapa imparable.

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Si un terremoto arrasa con todo: Iglesias, burdeles, escuelas, ministerios, cuarteles…. ¿No será eso una indicación?

lunes, 5 de diciembre de 2016

¿Qué pasa aquí?

... Sonreímos ante estas cosas,
pensando que son materia para el cuento barroco 
de algún niño sobre lo que sucede por la mañana
cuando todos se han ido menos el gato.

Del poema "Encalmados en aguas extrañas"
John Ashbery


Aquella tarde casi nadie había vuelto a casa. Sólo estaba yo sentado en el sillón de mi padre, preguntándome por qué nadie me había dicho que a esa hora nuestra casa no era nuestra casa porque nadie estaba. Incluido yo que escuchaba primero al profesor de matemáticas y después al de física, aquel día de la semana, todas las tardes, menos aquella.
Había llovido fuertemente y las salas de la planta baja del edificio donde se ubicaba el colegio se habían inundado. Imposible dar clase. Imposible que en la alteración del momento que todo lo que debía fluir ordenadamente lo hiciera. No había autobuses, no había padres y no había tranquilidad para tomar decisiones.
Así que se vio parado, de pie, delante de su casa, diciendo adiós a un coche que creía recordar haber visto aparcado alguna vez enfrente de la escuela y al que subía su profesora de francés, que sin embargo para llegar hasta su casa había sido conducido por una persona que no conocía.
El coche, la persona desconocida que lo había traído y dos compañeros suyos desaparecieron en la esquina de la calle.
Miró la puerta de su casa y recordó que al llegar ante ella cada tarde con Emilia, ésta se agachaba y hurgaba en unas macetas. Lo hizo y encontró una llave.
Abrió la puerta y no había nadie.
¿Dónde se van todos cuando el no está?
Subió a su habitación y le tranquilizó ver todo aquello que le era familiar. Después recorrió cada estancia y toda la casa le pareció una copia de la suya, una copia perfecta en la que faltaban los muñecos, pensó.
Bajó al salón y se sentó en el sillón que siempre ocupaba su padre. Estaba convencido de que era otra casa. Se acordó del rincón. Se aburrió un rato más y después, con su mochila y su abrigo se metió en el rincón.
Debió quedarse dormido porque el primer ruido que recuerda le hizo abrir los ojos.
Su madre y Emilia entraban riéndose.  Su madre se quitó el abrigo y lo tiró sobre el tresillo, se volvió  hacia Emilia y le ayudó a quitarse una trenca de color gris que antes había sido de ella. Pero algo pasaba porque se demoró en quitarle la prenda y parecía como si su madre tropezase y se cayese sobre Emilia. Lo que fuese les hacía mucha gracia.  No parecía ser grave pues, parloteaban y él no era capaz de entender lo que decían, sólo apreciaba palabras sueltas como tarde, perfecto y rato. Emilia como agradecimiento de que mi madre la hubiese ayudado a quitarse la trenca le dio un beso a de la misma manera que algunas veces la besaba mi padre.
Después sucedió algo extrañísimo. Emilia le dijo a mi madre que preparase un té. Era imposible aquello, pensó. Desaparecieron las dos, camino de la cocina y ya sólo oía. Oía risas, tazas, cucharillas y chasquidos raros que no sabía muy bien de dónde procedían.
Apenas podía concentrarse en lo que pasaba. La idea de que Emilia le dijese a su madre lo que tenía que hacer lo trastornaba. El mundo al revés.
Estaba intentando asumir aquel vuelco de la realidad cuando entró su padre. Sus pisadas duras y decididas lo pusieron al alcance de su mirada mientras dejaba el chaquetón en el perchero. Metió las manos en los bolsillos del abrigo de su madre y hurgó en ellos, buscando algo. Sacó unos papeles y les echaba un vistazo cuando oyó el taconeo de su madre y los volvió a dejar precipitadamente donde estaban.
-¡Hola cariño!- oyó a su madre.
-¡Hola princesa!- contestó su padre.
Se besaron como Emilia la había besado hacía un rato y acto seguido su madre dijo,
-Emilia, nos traes los tés al salón, por favor.
-Enseguida, señora- se oyó desde la cocina.
Al cabo de unos minutos, pasó delante de él Emilia, con su uniforme, camino del salón, cargada con una bandeja.
Algo le picaba en el culo, porque dejó la bandeja sobre el mueble del vestíbulo, se subió la falda y se rascó en una de las nalgas. Vio que no llevaba nada debajo. Volvió a coger la bandeja y desapareció.
-Hola, Emilia- oyó a su padre.
En la calle arreciaba la lluvia y pensó que también aquella casa que parecía la suya se podía inundar y entonces alguien lo llevaría a otro sitio donde lo dejarían y también sería parecida a su casa y pasarían cosas raras.
Volvió a pasar Emilia camino de la cocina y oyó la puerta que se abría de un empujón y entraba su hermano acompañado de una amiga que ya había visto otras veces. Resoplaban y estaban empapados. Se aproximaron al rincón, mientras saludaban.
-¿Hay alguien?- dijo mi hermano.
Contestaron desde el salón y desde la cocina también pero nadie salió.
Se quitaron los impermeables y los dejaron colgando en una percha que había sobre la puerta del escondrijo. Se quedó a oscuras.
Mi hermano le decía algo a su amiga,
-¿Tomamos un café y nos duchamos? ¿O nos duchamos y merendamos?- mientras se reía.
Su amiga le dijo,
-Siempre estás con lo mismo.
-¿Con el té, quieres decir?- y siguió riendo.
Sí, con el té, narices- dijo su amiga.
Y subieron a su habitación. Aquel joven se parecía a su hermano pero no era él. No le gustaba el té y jugaba con él partidas larguísimas a la Wii, diciendole cosas como “ánimo chaval” o “atento chaval, que te voy a destrozar” y no se reía de esa manera tan diferente, como si fuera su padre, su madre o Emilia.
Estaba cavilando y tratando de encontrar un asidero que le permitiese afianzarse en cualquier tipo de certidumbre de lo que le estaba pasando cuando volvió a oír la puerta. Estaba vez llegaba el único que faltaba, si se exceptuaba a él, que estaba pero no estaba. Se trataba de su abuelo. Su abuelo era más que viejo, lo decía el mismo, era puro pellejo. Entró tambaleándose como siempre, ensimismado y cabeceando, sumido en algunas de sus múltiples obsesiones, como le decía siempre su madre cuando discutían.
A pesar de estar lloviendo no venía mojado y dejó el paraguas que traía cerrado y seco, colgándolo por la empuñadura en una alcayata en la que debería haber un cuadro. Estaba en silencio, sin saludar a nadie, hasta que se tiró un pedo. Bueno, más que un pedo era una ristra de pedos, una ametralladora. Y eso que no estaba en el cuarto de baño que es donde hay que tirarse los pedos. Después eructó y por último se hurgó la nariz mientras se sentaba en una silla del vestíbulo.
Tras toda esa actividad que había desplegado, súbitamente se detuvo y ya no hizo más movimientos. Parecía una estatua. Se oía el murmullo en el salón, algún ruido metálico en la cocina y golpes sordos en la habitación de su hermano. De su abuelo manaba silencio. Miró el reloj de pared. Justo en ese momento debería salir Emilia para ir a buscarlo al colegio. ¿Estaría él en el colegio esperándola y todo esto no ha sido más que un sueño?
¿Soy yo o no soy yo y estoy en el colegio?
Imposible.
Imposible ¿Qué? Todo, pensó.
De pronto pensó que podía hacer algo. Salir corriendo para el colegio y esperar la llegada de Emilia. Esta llegaría hasta él y al producirse el encuentro todo recuperaría su aspecto habitual, el que él conocía.
Recuperaría a su familia de verdad, tal y como la conocía, y como era, y olvidaría a  aquellas personas raras que tanto se le parecían y que nunca había visto antes.
Dejaría aquella casa sin rumbo.
¿Cómo no se le había ocurrido antes?
Miró a su abuelo, estatificado, y se preparó para salir corriendo al punto de cita con el mundo de siempre, del que seguramente había sido arrojado por la lluvia.
Estaba abriendo la puerta de la calle y escuchó a Emilia decir,
-Hombre, jovencito, ya estás aquí hoy.
Entonces, a pesar de no sentir miedo, supo que estaba perdido.