Estoy tumbado boca abajo, sobre la arena de la playa. El
lecho de granos finísimos acoge las formas de mi cuerpo y la calidez que el sol
le ha insuflado invade mi piel. Estoy a gusto.
Enfrente de mí, tres adolescentes retozan. Dos chicos y una
chica. Ellos son completamente anodinos, miradas vacías, gestos y miradas de
niños. Ella tiene un cuerpo de infarto, en topless y con una braguita mínima.
Dibujan una escena surrealista.
Me desentiendo, a mi pesar, de un mundo ya pretérito, que
carece de interés en su totalidad.
A escasos centímetros de mi cara un bicho de color carne,
con forma de grillo y tamaño de hormiga se encamina hacia mí. Con el dedo
corazón le doy un golpecito y sale rodando. Se queda boca arriba y quieto como
un muerto. No ha sido para tanto. Seguro que finge. Le hurgo con cuidado y
efectivamente está vivo. Pero no puede darse la vuelta, está atrapado en las
estrecheces de sus aptitudes. Voy acercándole pequeños montoncitos de arena
hasta que con la pendiente adecuada consigue ponerse bien. Endereza la cabeza e
inicia otra vez el camino hacia mí.
Amontono arena en su camino y éste cada vez se le hace más
arduo. Llega un momento que la cuesta arriba es tan pronunciada que decide
rodear el obstáculo. Salvada la montañita, yo creo otra para él. Y así varias
veces. Tras continuados e infructuosos intentos, confundido, no sabe qué hacer.
O sí, pero se toma un descanso.
Lo tengo tan cerca de mí que juego a enfocarlo y
desenfocarlo. En el desenfoque me encuentro con el cuerpo de la adolescente. A
su lado la escoltan los dos adolescentes que a mi modo de ver adoptan una
actitud irracional. Ella se mueve hasta ponerse a cuatro patas. Los senos le
cuelgan erectos y las nalgas dibujan un paisaje que convierte a sus
acompañantes en osos polares transitando por el desierto o en camellos dando
saltos de isletas de hielo en isletas de hielo. Al fin ella encuentra su
posición. Boca arriba y con las piernas abiertas. El bicho desenfocado parece
haber tomado una decisión y desde su pixelación llama mi atención. Lo enfoco.
Lo tengo tan pegado a mí que puedo percibir que me está
mirando. La presencia de la adolescente me hace pensar si será un bicho macho o
un bicho hembra. Su actitud no lo delata. Tanto puede ser un reto como una
invitación.
Yo, por si acaso, permanezco con el dedo alerta, enterrado.
La puntita contra la arena. Hace un amago de avanzar y yo crispo el dedo. Estoy
listo.
Pero no. Al final opta por dar la vuelta. Claramente se ha
rendido. Se aleja de mí. Veo su espalda al alejarse. No camina derrotado. Lo
hace diligentemente, como un héroe derrotado pero satisfecho que vuelve a casa.
Me pregunto si los suyos creerán las aventuras por las que
ha pasado.
Inclino la cabeza sobre los brazos y me dispongo a dormitar,
preguntándome si es mejor una victoria con todas sus responsabilidades o una
derrota con toda su liberación.
No lo sé y ya en la confusión del sueño cercano me veo
haciéndome el muerto, aparentando que disfruto cuando en realidad estoy
descansando.